'Curar' las heridas de las tierras quemadas en León

El geólogo y profesor de la ULE Javier Fernández Lozano desgrana este lunes en Pinilla de la Valdería las propuestas científicas para realizar acciones correctivas vegetales y seguimiento y aplicación de tecnología tras los incendios como ayuda para regenerar el suelo y prevenir catástrofes por desprendimientos debido a la erosión

Una foto histórica de Castrocontrigo, en primer término, durante el fuego que asoló el pinar en 2012.javier fernández lozano

León

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El fuego arrasa en cuestión de horas lo que la naturaleza ha tardado siglos en crear. El suelo que sujeta a los bosques y la vegetación es una víctima «invisible» de los incendios. Y necesita que le ayuden a curarse y, cuando menos, a evitar que su fragilidad cause más daños, como ha sucedido este sábado en Valdueza al producirse un arrastre de la ladera, quemada el año pasado, por las lluvias torrenciales.

Los incendios actuales someten a los suelos a elevadas temperaturas y esto tiene consecuencias a corto, medio y largo plazo. «Las altas temperaturas afectan a los minerales, los microorganismos y la materia órganica que componen el suelo», apunta el geólogo y profesor titular del departamento Tecnología Minera, Topografía y Estructuras de la Universidad de León (ULE).

La alteración de «las propiedades químicas, físicas y biológicas que dificultarán o, en algunos casos, impedirán la correcta regeneración vegetal». Además, los hongos y bacterias mueren, se pierde humus y materia orgánica y se produce «una fuga de nutrientes al desaparecer minerales vitales como el nitrógeno».

Un fenómeno importante que ayuda a comprender por qué la erosión es acusada en las tierras quemadas es que «las grasas vegetales derretidas producen un efecto impermeable y crean una barrera subterránea repelente al agua», apunta el geólogo. De modo que, cuando llueve el agua se queda en la superficie y con su fuerza, especialmente en las laderas, arrastra todo lo que puede.

Las heridas de las tierras quemadas en León empiezan a ser trágicamente visibles. «Es necesario que el ciudadano de a pie tenga más información sobre los suelos. Cuando compramos un medicamento en una farmacia o unas vitaminas compuestas básicamente por minerales, se nos informa en el prospecto: «mantener en lugar fresco y seco»», explica el geólogo. «Ahí se nos indican las condiciones óptimas de conservación para que el producto sea eficiente. Con los suelos ocurre algo parecido», destaca.

Y es que, como añade el experto, «el suelo es el sustrato de la vida que lo ocupa y uno de los recursos más valiosos que tenemos». Javier Fernández Lozano aportará sus conocimientos y experiencia científica en una charla dirigida a la población general en Pinilla de la Valdería este lunes. A las 20.00 horas, en las escuelas de esta localidad que ha sido víctima de varios fuegos, hablará de «Los incendios forestales y sus consecuencias en los suelos».

Aspecto de la zona que ocupaba el pinar tras el incendio de 2012, desde Castrocontrigo.Javier Fernández Lozano

La recuperación de los suelos quemados es «difícil»: «Los incendios restan cientos de años al bosque» y «la naturaleza tarda siglos en formar unos pocos metros de tierra fértil, algo que el incendio destruyó en unas pocas horas», reflexiona el científico. Protegerlo después del incendio «no es solo una cuestión ambiental o paisajística; proteger el suelo es proteger el agua, los bosques y la vida», advierte.

Medidas de protección

El «mulch orgánico», una capa de restos vegetales, como pueden ser ramas y paja extendida sobre la superficie quemada ‘protege del impacto de la lluvia reduciendo la escorrentía del agua hacia ríos o arroyos y mantiene la humedad. Transcurrido un tiempo, esta capa vegetal se descompone y enriquece el suelo con nutrientes», apunta Lozano.

«Otra medida útil es colocar fajinas de troncos o ramas en las laderas, siguiendo las curvas de nivel. Estas barreras retienen el agua y la tierra, y evitan el arrastre del suelo hacia el valle. También se pueden instalar barreras en los arroyos, conocidas como albarradas, para evitar que los sedimentos lleguen a los ríos», agrega. Fernández Lozano menciona también la conveniencia de «realizar una siembra selectiva de gramíneas o de hierbas de rápido crecimiento en zonas concretas, previo estudio del terreno en las áreas adecuadas». El científico alaba «el ingente trabajo realizado por Edilberto Rodríguez en los montes de Pombriego» al llevar a cabo de forma ejemplar «una siembra extensiva de gramíneas sobre las cenizas del incendio que afectó a Las Médulas el año pasado».

Las medidas deben ser sopesadas en cada caso. No son una receta generalizable. «No siempre es necesaria una intervención correctiva; en muchos casos, el propio ecosistema se recupera por sí solo. Antes de actuar, se debe evaluar la gravedad del incendio y decidir si debemos intervenir o dejar que la naturaleza siga su curso», explica.

Lo que sí se debe hacer siempre, insiste, es «un seguimiento o monitorización de la recuperación, para lo cual se utilizan drones e imágenes satelitales que permiten conocer las constantes vitales de la zona quemada».

La pregunta siguiente es: ¿Se está haciendo algo de este seguimiento en León tras los incendios? «Es necesario destacar que, cuando las llamas devoran nuestro patrimonio natural y cultural, la inacción política no es solo negligencia, sino una elección», responde Javier. El científico lamenta que, tras los incendios de 2025, la Junta no haya contado con el Grupo Geoinca «para hacer frente a la recuperación de las zonas afectadas por los incendios desde una perspectiva multidisciplinar».

La ULE lidera diversas investigaciones en la provincia y, en concreto, el Grupo Geoinca presentó una serie de propuestas a diversos organismos oficiales que no se tuvieron en cuenta. «Un ejemplo flagrante fue el rechazo al estudio de vulnerabilidad de los canales romanos y a la monitorización, mediante técnicas geomáticas, de los procesos erosivos, propuestos mucho antes de que las llamas pusieran en jaque el entorno de Las Médulas», subraya.

Escuchar a la ciencia local

Se queja el geólogo de que se opte por soluciones externas y homogéneas cuando la ULE cuenta con «un equipo científico puntero en geomática, teledetección y sistemas de información geográfica» y con «capacidad tecnológica al cartografiar con precisión más de mil kilómetros de estructuras históricas y al monitorizar el suelo mediante drones y sensores láser». «Este conocimiento técnico permite modelar con precisión quirúrgica el comportamiento del fuego y evaluar el estrés de la masa forestal». Lozano es muy claro: «Dar la espalda a la ciencia local es también dar la espalda a la protección de nuestra seguridad, de nuestra biodiversidad y de nuestro patrimonio». La universidad pública leonesa debe tener protagonismo: «Escuchar la ciencia desde casa no es una opción, sino una emergencia», recalca.

Algunos de los trabajos que han propuesto en León sin éxito los desarrollan en otras regiones como Cantabria. Así lo afirma respecto al riesgo de escorrentías y desprendimientos que tienen las laderas y que se pueden ver acelerados por la pérdida de masa forestal y deterioro del suelo.

«Ya existe un mapa de susceptibilidad a movimientos en masa, pero no hay un seguimiento de los sectores proclives a producir problemas, salvo en zonas puntuales, por lo que es importante monitorizar estos fenómenos para observar su evolución a lo largo del tiempo y la influencia de otros procesos, como el impacto de los incendios forestales», explica.

La propuesta de Geoinca es «realizar vuelos sistemáticos con drones mediante el uso de diferentes sensores, como el LiDAR, cámaras RGB y Multiespectrales, incluso térmicas», tecnologías que pueden «ayudar a estudiar el terreno e identificar zonas por las que pueda circular el agua, uno de los principales factores determinantes de que se pueda producir este tipo de procesos de ladera. En Cantabria teníamos muy bien monitorizados los argayos», recalca.

"Es necesario que el ciudadano de a pie tenga más información sobre los suelos, al igual que los medicamentos que compramos en la farmacia tienen unas indicaciones precisas"

Investigadores de la Universidad de León, a través del grupo ULEgif y tecnologías de Geat, abordan la reparación integral de incendios mediante análisis territorial y gestión de suelos en zonas como Boca de Huérgano y El Bierzo. Adicionalmente, el proyecto APISForesta impulsa la economía verde, mientras que la universidad y el Hospital del Bierzo estudian las secuelas psicológicas para elaborar protocolos de apoyo.

Prestar atención a las tierras quemadas, a sus suelos, es una «emergencia». «Lo que vendrá nunca será lo que teníamos, pero nos queda el futuro. Tenemos que mirar hacia adelante con determinación, procurando evitar los errores del pasado», anima el científico. Aparte de los árboles o masas de vegetación, la muerte de seres vivos que habitan bajo el suelo por las elevadas temperaturas del incendio y los gases producidos en la pirólisis impedirá la interacciones entre estos organismos y el entorno natural, lo que hace esperar «alteraciones a nivel celular pero no mutaciones genéticas como tal».

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Que la ciudadanía tenga más información sobre los suelos quemados es el objetivo de la charla de esta tarde en Pinilla de la Valdería. No solo para evitar acciones bienintencionadas que pueden ser perjduciales como «plantar árboles de forma inmediata y sin planificación técnica porque puede dañar el ecosistema en recuperación», apunta. En cualquier caso, añade Lozano, «es muy importante otorgar a la población un papel activo en los trabajos de recuperación, haciéndoles sentir que se cuenta con ellos; además, es vital para su paz mental tras este tipo de hechos tan traumáticos. De la implicación de todos surge el interés por el cuidado de la naturaleza futura».