Chupito de orujo y sopas de ajo por los 106 años de Aurea
La leonesa reivindica una vida de trabajo en el campo, resiliencia ante la posguerra y la tradición
De izquierda a derecha, Aurea Carrera, su hija Inma y una de sus biznietas.
Hay historias que se escriben con la fugacidad de la tinta sobre el papel, y otras que, por el contrario, se arraigan profundamente en la tierra, resistiendo el paso del tiempo como los troncos centenarios. Este lunes, los caminos de Santa María del Río, en la provincia de León —unos caminos que antaño eran de puro barro y que hoy se erigen como testigos mudos de un siglo entero de transformaciones—, celebran una efeméride verdaderamente excepcional. Aurea Carrera ha soplado nada menos que 106 velas, alcanzando una cifra al alcance de muy pocos y haciéndolo rodeada de los suyos, con una lucidez mental envidiable y celebrando el momento con un tradicional mini chupito de orujo hecho en casa, el cual acompañó con sus inseparables y reconfortantes sopas de ajo leonesas, pilares fundamentales de su gastronomía de toda la vida.
Nacida y criada en este pequeño y entrañable rincón leonés, Aurea representa en la actualidad la memoria viva de una época de profundos cambios históricos y sociales. Su existencia ha transcurrido de manera irremediable al compás que marcaban la naturaleza, las estaciones del año, el esfuerzo constante en los campos de cultivo y el cuidado diario del ganado. Hija de una familia humilde de agricultores y ganaderos, Aurea destacó desde su más tierna juventud por poseer un espíritu incansable y una actitud que muchos catalogaban como revolucionaria para los cánones de aquella época. Lejos de resignarse a cumplir con los roles tradicionales que se le presuponían a las mujeres de su generación, ella no dudaba en bajar a vender sus productos al mercado de Sahagún, fajarse con las duras y pesadas labores de la huerta o atender con destreza al ganado, demostrando una valentía y un temperamento que su propia familia define hoy con orgullo como de carácter firme y muy «echada para adelante».
Aquella férrea fortaleza física y mental adquirida en el campo fue absolutamente providencial para poder atravesar con bien los años más oscuros y convulsos de la Guerra Civil española y la posterior posguerra. Al ser consultada sobre aquella etapa tan compleja, Aurea asegura con total naturalidad que lograron sobrellevarla gracias al sustento inagotable que les proporcionaba la huerta y el trabajo con el ganado, recordando que, aunque se trataba de una familia con recursos muy escasos, sabían perfectamente cómo amoldarse a las circunstancias, sin ocultar jamás que fue un periodo extraordinariamente duro para toda la sociedad. Esa capacidad de adaptación y resiliencia ante la adversidad se convirtió en el pegamento que mantuvo unida a su familia en los momentos de mayor escasez.
Llegados a este punto, resulta inevitable plantearse cuál es la fórmula secreta para alcanzar más de un siglo de vida conservando semejante vitalidad y lucidez. Inma Carrera, su hija y abnegada cuidadora, lo tiene cristalino y asegura que el verdadero secreto no se esconde en remedios extraños, sino en la sencillez de sentirse plenamente como en casa, manteniendo intacto el estilo de vida de toda la vida. Esto se traduce en el bienestar de rodearse constantemente de caras conocidas, de poder descansar en su propia cama cada noche, de contemplar con cariño las fotografías repartidas por la estancia y de mantener vivo en la memoria el recuerdo constante de Joaquín, el que fuera su compañero de vida y con quien compartió los momentos más importantes de su existencia. A todo este bienestar emocional hay que sumarle una alimentación basada estrictamente en productos naturales cosechados por sus propias manos, entre los que destacan hortalizas frescas, verduras y sus apreciadas lentejas, todo ello regado con el agua cristalina de la emblemática fuente del pueblo, un histórico surtidor de siete caños que Auria señala con una sonrisa traviesa al afirmar convencida que es, en realidad, la auténtica fuente de la vida.
Aurea Carrera, vecina de Santa María del Río de 106 años que vive arropada por su familia en León, transmite a las nuevas generaciones una inspiradora reflexión sobre la valentía, la autenticidad y la importancia de mantener una voz propia al margen de los moldes establecidos. Como ella dice, «amar también es ser escuchado y tener tu voz».