Publicado por
Alberto Flecha

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El agua también puede ser una frontera: no entre territorios, sino entre formas de entender un mismo lugar. Antes de ser un recurso medido en hectómetros cúbicos, fue una corriente que marcaba ritmos, sostenía márgenes y fundaba una relación silenciosa entre la tierra y quienes la habitaban. Durante siglos, la Presa de la Tierra, el histórico canal que articula la ribera baja del Órbigo, fue una de esas arquitecturas invisibles. No era solo un cauce de riego; era una infraestructura territorial que mantenía la humedad junto a las casas, alimentaba huertos, acompañaba árboles y organizaba la vida cotidiana. Ahora pueblos como Benavides, Hospital o Villarejo contemplan desde hace más de un año un cauce mudo. Donde corría el agua hoy quedan piedras, polvo y ortigas: la modernización del regadío ha dejado fuera las antiguas tomas y la corriente ya no atraviesa las calles. Esta transformación responde a una realidad evidente: menor disponibilidad hídrica y necesidad de reducir extracciones. La eficiencia hidráulica es una respuesta técnica incuestionable, pero toda técnica encierra una ideología de la mirada. Esta semana, el Consejo del Agua del Duero ha avanzado en el Plan Hidrológico 2028-2033 manteniendo la balsa lateral de La Milla del Río y desestimando las alegaciones del Ayuntamiento de Carrizo por no acreditar «interés legítimo» sobre bienes propios ni asumir la financiación. La fórmula administrativa revela una lógica implacable: el territorio solo adquiere legitimidad cuando comparece dentro del balance contable; cuando reclama su condición de espacio vivido, queda mudo. En los manuales técnicos figura una expresión aséptica: «pérdidas en transporte». Bajo esa rúbrica se eliminaron las filtraciones del caz, los reboses y la humedad compartida. La solución llegó enterrada en tuberías herméticas y presión regulada. El éxito agronómico es perfecto: el caudal llega intacto a la parcela productiva. Sin embargo, el agua que no se pierde en el contador desaparece en el paisaje. Ahorrar en la parcela no siempre ahorra en la cuenca. Lo que la ingeniería califica de pérdida era en realidad una infraestructura biológica y social: nivel freático, frescor de agosto, huerta doméstica. La paradoja roza el absurdo cotidiano cuando vecinos de Hospital de Órbigo deben conectar mangueras a la red de agua potable para no dejar morir árboles que crecieron durante generaciones junto al caz común. La balsa de La Milla y el lecho seco de la Presa de la Tierra nacen de la misma premisa: reducir el río a un volumen gestionable. Sabemos conducirlo con exactitud milimétrica; lo que aún ignoramos es cómo computar todo lo que muere cuando el agua deja de tocar la superficie.

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