Diario de León

Cornada de lobo

La terquedad del mastín

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León

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Cien millones de los años cincuenta fue la cantidad aparejada por don Pablo Díez para acometer la construcción de la Fundación Virgen del Camino (colegio apostólico, convento, residencia de monjas, etc. que se llevó treinta) y un santuario de nueva planta (que costó setenta). Traducida aquella cantidad a estimación actual, hablaríamos de quince o veinte mil millones de pesetas, fortunón bendito que excitó en León codicias e intervencionismos de las fuerzas vivas... y muertas. Pero don Pablo tenía una serie de cosas claras e hizo de ellas cuestión de gabinete: el santuario se haría según proyecto de fraile y arquitecto Francisco Coello de Portugal, Curro, y respondería al más radical vanguardismo religioso del momento; y la comunidad que atendería ese santuario serían los dominicos, algo que no sentó nada bien en la órbita del obispo Almarcha que no entendía que una orden inexistente en León desde el siglo XVIII fuera la agraciada con esta fabulosa inversión. Hubo hasta furia y remoquetes. Se presionó para que fuera la diócesis (titular del santuario) quien gestionara aquella lotería. No es nada difícil imaginar qué hubiera ocurrido en ese caso. El proyecto del templo se habría encargado al Torbado de turno y tendríamos alguna recreación neorrománica o mudéjar (como su iglesia de las Ventas) o mozárabe, pero jamás un alarde al estilo de Le Corbousier con magnífica geometría simple y bronces torturados que pasman a quienes se plantan ante su fachada; o ese estilo tan Fisac del colegio apostólico proyectado también en el estudio de Coello; jamás. En un León pacato, levítico y que en los cincuenta aún se sacudía hambres de postguerra del alma y adobe de la culera no cabía una osadía arquitectónica tan apabullante en la que también dejarían su impronta artistas como Subirachs con esculturas, Lapayesse con esgrafiados de relieve, Iturgáiz con sus mosaicos o vitrales de Chartres. Para la patrona de León lo quería todo don Pablo, leonés de mundo que había visto levantar en Méjico otro similar alarde arquitectónico en la basílica de Guadalupe. Como leonés, don Pablo tenía la terca ley de un mastín persiguiendo al lobo que le burea. Bendita terquedad cazurra. Pero hay más. (Continuará) La marea negra también.

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