Uno de los establecimientos más emblemáticos de León cierra sus puertas tras cien años de existencia
«Si no lo hay en El Maragato, no lo hay en ningún sitio», decían los clientes. Y tenían toda la razón. Desde hace cien años, esta tienda, que en un principio estuvo situada en la calle Matasiete y después en el número diez de la avenida Padre I
Era una tienda «de las de antes». Un establecimiento que permaneció inalterable durante décadas y que se había convertido ya en una verdadera institución para toda la ciudad. El Maragato. Juguetes. Semillas. Cordelería. Corcho rezaba su rótulo de manera un tanto reduccionista, pues ni de lejos abarcaba tal etiqueta la inmensa variedad de cosas que podía encontrarse en su fascinante interior. Cuatro generaciones de rapaces leoneses aplastaron su nariz contra el cristal de un escaparate que se resistía a aceptar el paso del tiempo, fiel al espíritu de la tienda antigua, de almacén en el que de todo podía hallarse. Era una caja de sorpresas. Y eso lo sabían bien los chavales y los no tan chavales (hasta frailes compraban artículos de broma) que acudieron a El Maragato para entrar en esa especie de «máquina del tiempo»; un lugar mágico al que poco importaban las revoluciones del mundo exterior y en el que se respiraba un calor humano que el resto de los establecimientos, fríos y asépticos, ya habían perdido. En la tienda podía encontrarse de todo; desde barajas de cartas a disfraces, desde cuerdas y cordeles a collares para perros; desde maquetas de viejos aviones a pitillos que explotaban, paquetes de chicles con trampa o insectos de pega. Y hasta su último día, El Maragato siguió vendiendo su mercancía, ese tipo de cosas que parecían tener una curiosa «denominación de origen» ya que era imposible hallarlas en ningún otro sitio. El Maragato tenía algo especial. Y ese algo especial comenzó hace algo más de cien años, cuando Joaquín Alonso Salvadores, el verdadero maragato (era natural de Castrillo de los Polvazares), fiel al carácter emprendedor de su raza, montó un comercio en la calle Matasiete en el que prácticamente había de todo: cordelería, zapatería, armas, cartuchos, corcho; un fiel exponente de lo que entonces era una tienda de pueblo en aquel pueblón que era la capital leonesa de principios de siglo. Su hijo, Antonio Alonso, trasladó hace cincuenta años El Maragato a la avenida Padre Isla, una zona que disfrutaba del vigor comercial que había perdido el casco viejo. «Desde entonces, la tienda no ha cambiado nada», dice su hija, Puri Alonso, tercera generación de esta saga cuya vida, como la de sus antecesores, ha permanecido inexorablemente unida al viejo mostrador de El Maragato. La gente creía firmemente que aquí no faltaba de nada. «Una vez alguien pidió una caja de chicles. Y claro, tuve que decirle que los únicos chicles que teníamos eran de broma», comenta Omar Nazir Alonso, el último eslabón de la dinastía, quien por obligaciones laborales no puede tomar el relevo, pese a haber acompañado a su madre en el local desde hace muchos años. No obstante, Omar no desecha la idea de abrir un nuevo Maragato en el futuro. Hoy, la trayectoria centenaria del local ya es historia. El Maragato cerró ayer sus puertas y con él la magia y el sabor que encerraban sus estantes repletos de los artículos más asombrosos, entrañables y divertidos. La situación la resumió sabiamente una de sus últimas clientas: «León sin El Maragato no es León».