CASA DE DIOS
La gloria de la Trinidad
ESTAMOS ACOSTUMBRADOS a imaginarnos la Trinidad de Dios bajo la imagen de un anciano venerable, de un hombre adulto y de una paloma que los protege. En el retablo de la capilla del Seminario de San Carlos, en Zaragoza, la representación es más sorprendente. La trinidad de Dios está representada por tres varones adultos. A San Agustín, doctor de la Trinidad, le gustaba buscar imágenes de la misma en la experiencia humana habitual. Analizando el sentido de la vista, distingue tres cosas: el cuerpo visible, la visión del mismo y la atención que prestamos a esa percepción del objeto. Encontraba también una trilogía en el pensamiento, que recoge la memoria, la visión interior y la voluntad. Y muchas otras. Bien sabía él que estas experiencias eran tan sólo analogías muy lejanas para expresar la riqueza de la vida del Dios Trinitario. Pero su esfuerzo por buscarlas nos invita a acercarnos al misterio de Dios. Los dones. Según el Catecismo, «el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina» (n. 234). Hemos sido bautizados «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu». Con esa fórmula iniciamos nuestras celebraciones. Tal evocación del origen de nuestro itinerario cristiano es también un compromiso para el camino que nos resta. Al comienzo de la misa se nos dirige un saludo que Pablo envió a los fieles de Corinto: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Cor 13,13). Con pocas palabras, el Apóstol resumía el núcleo de la fe cristiana en la Trinidad de Dios. Las personas eran identificadas por sus dones «personales»: la gracia, el amor y la comunión. Seguramente se podría seguir el camino inverso. El aprecio de esas tres dádivas podría acercarnos al Dios de nuestra fe. Y la vivencia de esos tres regalos nos convertiría en testigos del Dios trinitario al que adoramos. La misión. El evangelio de hoy nos recuerda la despedida de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). En la confesión de la Trinidad está resumida la triple misión de la Iglesia. ¿ El primer paso es el anuncio que reúne a los llamados como verdaderos discípulos del Señor. Lo primero es hacer comunidad, abierta a todas las gentes sin distinción. El ideal es ser discípulos de Cristo. ¿ Al anuncio del mensaje sigue la celebración sacramental. La primera no está completa sin ésta. Pero los sacramentos no serían verdaderos si las personas no aceptaran el camino del discipulado. Los creyentes no practicantes no son creyentes. ¿ El tercer paso incluye la enseñanza de las actitudes que es preciso asumir. El discipulado no es una teoría: se concreta en el comportamiento moral que Jesús hizo suyo y ofrecía a sus seguidores. Dios nuestro, «concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa». Amén.