SECCIÓN
Pidiendo pan
El pan ha sido durante milenios la base de la alimentación para muchos pueblos, especialmente para los que se asoman al Mediterráneo. El pan era necesario en los hogares. Se trabajaba de sol a sol para ganarlo. Por eso, era el signo de la abundancia y la escasez, del bienestar o la penuria. Así que, en nuestra cultura, el pan había de convertirse necesariamente en la metáfora del bien y de la paz, de la vida y la esperanza. «Las penas con pan son menos».»Pan y mejoría, cualquiera lo querría». Así rezaban los antiguo refrán. Negar a alguien el pan era lo mismo que negarle la palabra y la amistad. Era declarar imposible la convivencia. Y repartir el pan con el hambriento o el forastero era un signo de generosidad, de acogida y de hospitalidad. Como leíamos el domingo pasado, Jesús multiplica los panes para una multitud hambrienta y, gracias a ese gesto, las gentes reconocen en él a un profeta semejante a Moisés y a Eliseo. No sólo eso. La multiplicación de los panes y los peces mueve a los que se han visto saciados a buscar a Jesús. Pero él sabe que no todas las búsquedas son desinteresadas y sinceras. No es fácil creer con absoluta gratuidad, sin esperar recompensas ni consuelos. No es fácil buscar al Señor por el Señor solo. Jesús contrapone el pan que ha multiplicado y distribuido con otro pan misterioso que baja del cielo. Con ello prepara su revelación personal y la petición que ha de brotar de la fe verdadera. Según el evangelio de Juan, una mujer samaritana le había pedido a Jesús que el diera el agua viva, es decir, el agua de la vida (Jn 4,15). El mismo evangelio nos dice que las gentes que rodean a Jesús en Cafarnaúm le piden el pan que da la vida al mundo (Jn 6,34). En la sinagoga de Cafarnaúm, la palabra de Jesús suscita en las gentes que lo siguen una petición que a duras penas comprenden: ¿ «Señor, danos siempre de este pan». Como sus seguidores primeros, también nosotros necesitamos los bienes que sustentan nuestra vida. Pero haríamos bien en compartirlos con los que no los tienen y devolverlos a quienes hemos despojado de ellos. ¿ «Señor, danos siempre de este pan». Pero necesitamos también el pan que ha de alimentar nuestra hambre de paz y de justicia, de sentido y de esperanza. De sobra sabemos que las cosas por las que nos peleamos no pueden saciar nuestras ansias más hondas. ¿ «Señor, danos siempre de este pan». Y, finalmente, le necesitamos a él. Porque él es el verdadero pan que ha bajado del cielo para que nuestro suelo pueda verse enriquecido por un fruto que sobrepasa nuestras sementeras y proyectos. - Señor Jesús, te reconocemos como el nuevo maná del desierto y el verdadero pan que alimenta nuestras vidas. Acogerte a ti es saciarnos y compartirte a ti es salvarnos. Amén.