LA QUE NOS VIENE ENCIMA

Las autonomías, el problema

Creado:

Actualizado:

EL PLAN Ibarretxe , que aún nadie conoce en sus formulaciones más concretas, y las tesis de Pasqual Maragall, que parecen cambiar algo con el ritmo de los vientos y que ya se está viendo que no son asumidas por todos en la ejecutiva federal del PSOE, marcan el fondo del debate ante el inicio del curso político. No es un debate nuevo: ni los nacionalistas vascos ni los catalanes (en Cataluña todas las formaciones, excepto el PP, son nacionalistas) se muestran aparentemente conformes con los hilvanes del Estado, y la Constitución parece quedárseles algo estrecha. Ahora mismo, los puentes entre el Gobierno central y las autonomías históricas Cataluña y Euskadi (Galicia tiene otras connotaciones, obviamente) están, si no cortados, muy deteriorados, y lo menos que puede decirse de la 'era Aznar', tan fructífera en otros órdenes, es que no ha servido, y menos en su recta final, para dulcificar el diálogo con los nacionalismos: de hecho, ese diálogo es, en estos momentos, inexistente. Desde la sede central del Partido Popular se ven las cosas con muchas perspectivas, pero la doctrina oficial insiste en la cerrada unidad de España y en la necesidad de no modificar ni una coma en el arquitrabe legal, comenzando por la Constitución. La cercanía de las elecciones catalanas, y los anuncios de Ibarretxe en el sentido de que el mes próximo daría a conocer al menos los principios básicos de su plan, van a hacer que la gran polémica nacional y nacionalista se recrudezca. A estas alturas, ignoramos aún si Aznar trae en la chistera algún nuevo plan para bregar con los nacionalismos. Y es cierto que desde el socialismo se envían mensajes en ocasiones algo equívocos sobre cómo encarar el nacionalismo y las relaciones con los nacionalistas. Pero no menos cierto es que la inflexibilidad y dureza con las que el PP afronta el debate nacionalista está llevando a un cierto callejón sin salida: los nacionalismos existen, hasta el punto de que ganan elecciones en el País Vasco y hacen que nadie con pretensiones de victoria electoral pueda afrontar la convocatoria de comicios autonómicos en Cataluña con unos planteamientos que no pasen por un nacionalismo más o menos radical. Otra cosa es que haya anuncios hechos por Maragall que resultan difíciles de comprender, incluso a la luz del nacionalismo: invocar la reunificación de Cataluña con Aragón y otros países mediterráneos es, a estas alturas, una pretensión absurda, casi como la de los nacionalistas vascos de incorporar Navarra y los territorios del sur de Francia a la gran Euskadi. De acuerdo que las afirmaciones anteriores pueden ser son simplificaciones de un discurso más elaborado, pero es lo que está trascendiendo al gran público, y los políticos que formulan tales tesis deben saber cómo actúanlos reduccionistas titulares de prensa. Resulta, por supuesto, más cómodo y más rentable electoralmente a corto plazo desentenderse de ese debate, que ya no es solamente algo teórico y lejano, que nos plantean los nacionalismos. Ni el PP puede mantenerse en su cerrada hostilidad actual ni el PSOE debe dejar pasar mucho tiempo sin explicar exactamente cuál es su concepto de organización federal de España. Aquella división de la España diseñada por Javier de Burgos, reconvirtiéndola en la España autonómica, con la que se inició la transición, tuvo sus puntos afortunados, pero ha quedado inconclusa e insuficiente. Ni en Cataluña ni, menos aún, en el País Vasco, se ha consolidado la normalización del sistema ni la normativa constitucional, ni se han pacificado nunca del todo las relaciones con Madrid. El curso político que se asoma va a reclamar no sólo caras nuevas, sino nuevos modos y nuevas ideas. Ideas más audaces que el simple dejar cerrados todos los melones para que nadie entre a cala y prueba, dejar cerradas todas las ventanas y puertas para que entre ni un soplo de aire nuevo.

Cargando contenidos...