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LUIS ARTIGUE
León

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RODADA en clave de documental con entrevistas, la última película de Julio Médem se titula La Pelota Vasca: la piel contra la piedra , y acaba de ser exhibida en medio de una gran polémica en el Festival de Cine de San Sebastián. Como aún no ha sido estrenada en las salas comerciales de toda España no vamos a participar de esa polémica pero sí del tema del film y la forma de abordarlo. El director y guionista se enfrenta al problema vasco desde todos los puntos de vista -arriba y abajo, la izquierda y la derecha, la víctima y el verdugo, el acusado y el juez- en un complicado ejercicio de perspectivismo igualitario. Puesto que ha tratado de poner a todos al mismo nivel dentro de la obra, ha pasado lo previsible: ningún representante del PP ni de la Plataforma ¡BASTA YA! ha querido participar, e incluso han pedido que se suprimiera el pase en el Festival. Sin embargo, el intento en sí por parte de este buen contador de historias parece creativamente ambicioso y encomiable, y sí que puede aportar algo de luz al debate entre partes aparentemente inamovibles. Por ejemplo Arnaldo Otegui sale y da su versión. ¡Qué bueno! Siempre he echado de menos que el Portavoz de Batasuna fuera entrevistado en una cadena nacional por algún periodista con talento. Así podríamos escucharle tratando de comprenderle; podríamos desde fuera percibir que unos dirían que es un visionario, y otros que es un loco e intuiríamos por qué; sabríamos qué argumentos esgrime para justificar a ETA cuando se le pregunta sobre el derecho a la vida, sobre el fanatismo, sobre el fundamentalismo político excluyente, y sobre las concomitancias del discurso abertzale con el Partido Nazi alemán. Igualmente puede invitársele a él a que se ponga, al escucharles, en el lugar de Iñaki Ezquerra o Fernando Savater, por ejemplo; que trate de explicarnos por qué cree que dicen lo que dicen y hacen lo que hacen con gran sacrificio personal. Está claro que es necesario que las partes se desensimismen para que entremos en el comienzo de otra cosa. Aunque eso no es nada fácil, por supuesto. Ya que se trata de un asunto enquistado, un abismo que va a más y separa dos posturas enconadas, todo instrumento que intente acercar ambos puntos de vista, aunque sea de forma artificial, se convierte en un elogio del diálogo, y por tanto es de agradecer. Esta película en la cual la forma, por lo que he leído y escuchado, es tan importante como el fondo, es de agradecer. En la forma como el guión y la cámara tratan el tema -utilizando a la vez diferentes prismas y sin voz en off- Julio Médem parece querer lanzarnos el mensaje de que nadie está contando la historia actual del problema vasco, sino cada parte una versión. Y todos parecemos creer que no hay más versión válida que la nuestra. Personalmente, en esta era del multiculturalismo y la aldea global, no entiendo el nacionalismo y aún menos el nacionalismo radical armado. Y seguramente en esa película escucharé argumentos y postulados que me harán chirriar los oídos, pero eso no descalificará la obra cinematográfica, sino al contrario. En un film con esa estructura narrativa no debemos, en mi opinión, quedarnos sólo con los discursos más cercanos a los nuestros; intentemos también ponernos en el lugar de quienes expresan, repiten o dictan el discurso contrario; detengámonos en sus argumentos y en la forma de expresarlos para entenderlos, y por si hubiera algo en los nuestros que tuviera la misma rotundidad ombliguista y la misma cerrazón primaria que detestamos. De la película de Julio Médem, la cual aún no hemos visto, en principio debemos quedarnos ya con el acierto en la forma de contar. Y es que la forma de contar dice tanto o más de lo que se cuenta cuando nos fijamos detenidamente. Si el radicalismo vasco tuviera tan en cuenta la forma como este director y guionista, nunca habría llegado a las armas.

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