Diario de León

| Crónica | Un cuarto de siglo en el Vaticano |

25 años del legado Wojtyla Dóctrina férrea bajo el papado ambulante

La salud del Papa ha empeorado en las últimas semanas

La salud del Papa ha empeorado en las últimas semanas

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Íñigo Gurruchaga - roma
León

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Juan Pablo II, históricamente hablando, ya es un papa excepcional desde el primer día. El 16 de octubre de 1978, cuando salió al balcón de San Pedro a saludar a la multitud, era el primer pontífice no italiano desde 1523, año en que murió el holandés Adriano VI. Ahora, 25 años después, está a punto de convertir su mandato en el tercero más largo de la Iglesia. Llegó al trono papal con 58 años, una edad temprana, y era polaco. Dentro y fuera del Vaticano todos se dieron cuenta de que era un papa distinto. Llegaban tiempos diferentes. «La elección del cardenal polaco promoverá una universalización de la Iglesia, su activismo en todos los sistemas sociopolíticos. Dependerá de la Curia, que sin duda intentará someterlo a su influencia, pero su temperamento hace pensar que tomará el control de la situación rápidamente». Estas palabras proféticas no provienen de ningún avezado eclesiástico, sino del primer informe del Politburó de Moscú sobre Wojtyla. Del otro lado del Atlántico, en la Casa Blanca causaron una gran impresión las fotos de satélite que mostraba un punto blanco frente a la muchedumbre en el centro de Varsovia. Era el 2 de junio de 1979, el primer viaje del Papa a Polonia. Un año después comenzaron las protestas sindicales que acabaron por derribar el régimen soviético. Juan Pablo II era, más allá de su papel religioso, una figura política innovadora y el atentado de 1981 le dio aún más esta dimensión. Primer papa moderno Es necesario remontarse a esos días, ya lejanos, para comprender la magnitud del cambio obrado por Wojtyla. La Iglesia, desde Juan XXIII ya había dado pasos para ponerse a la altura del mundo, pero es Juan Pablo II el primer papa verdaderamente moderno. Hacía muchas cosas que hoy parecen normales pero entonces no lo eran tanto: un Papa que recibía a los amigos, que salía y entraba del palacio apostólico, que prescindía de sus colaboradores, que nadaba y se construía una piscina, que subía montañas, que publicaba libros. Wojtyla personalizó la figura del pontífice, renunció a su parte más burocrática y de gobierno y le restó aire de soberano. Juan Pablo II, actor en su juventud, improvisaba constantemente, algo inédito en el remirado estilo vaticano. El nuevo Papa impuso un carácter humano, arrollador y un carisma único. En este sentido es crucial su portentosa adaptación al potencial de los medios de comunicación. Las primeras masas ya se vieron en San Pedro con Pío XII, Juan XXIII despertó una simpatía generalizada y Pablo VI comenzó a viajar, pero Juan Pablo II concentró en torno a él las cámaras de televisión durante 24 horas y se las llevó detrás por todo el mundo. Si hay una imagen que surge al mencionar al Papa es la del viajero. Hoy suma 103 viajes. El contacto con la gente es una de las claves de su pontificado, en audiencias, recepciones, encuentros, ceremonias. No hay que olvidar que Wojtyla llegó a San Pedro en un momento de fuerte crisis de identidad de la Iglesia, que acomplejada ante una sociedad que cambiaba cada vez más rápido, se veía bloqueada entre los impulsos de renovación del Concilio Vaticano II y las corrientes más conservadoras. En sus visitas a países, las iglesias renovaban su fe y a los países pobres les devolvía la dignidad. Una de las esperanzas de los sectores más renovadores de la Iglesia en 1978 era «democratizarla», aplicando los dictados del Concilio Vaticano II, convocado en 1962 por Juan XXIII y que constituyó una auténtica revolución. Sin embargo, pronto fue evidente que Wojtyla, que nunca conoció la democracia, tenía una concepción más autoritaria de la jerarquía eclesiástica. «El Papa continuará siendo el único y supremo legislador», respondió a su secretario de Estado, el cardenal Villot, cuando le preguntó si pensaba contar con un consejo de obispos permanente, como órgano de consulta. En 1981, el Papa puso al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe al cardenal alemán Ratzinger, que aún sigue en su puesto. El afán de Juan Pablo II ha sido mantener a toda costa la unidad de la Iglesia, para darle fortaleza en la sociedad. Como contrapartida, ha consagrado la ascensión del Opus Dei, elevada en 1982 al rango de prelatura personal, por encima de los obispos.

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