«Y me echan...»
La declaración de ruina obliga a una anciana de 85 años a desalojar su casa en el Casco Histórico, frente a la cárcel en la que estuvo condenada a muerte

Eutimia Alonso, en el balcón de su casa frente a la antigua cárcel de León
Eutimia lleva más de catorce años viviendo frente a la antigua cárcel de León, la misma en la que estuvo condenada a muerte cuando sólo tenía 17 años. Desde sus balcones, ahora declarados en ruina, contempla la ventana tras la que permaneció tres meses. Este recuerdo, amargo sin duda, no es para ella tan doloroso como saber que antes de quince días tendrá que abandonar su casa. «Y me echan... y no podré hacer nada», se lamenta esta mujer que, pese a su edad y a sus problemas de movilidad, aún guarda una extraña vitalidad. Un mal realizada operación de caderas la ha dejado prácticamente inmóvil: no puede salir de casa sin ayuda y sólo la colaboración de la asistente social y de su familia le permiten llevar una vida digna. «Ellos se encargan de hacerme todos los trámites y los recados», asegura. Eutimia se ayuda de dos bastones para recorrer su casa, una pequeña vivienda de más de cien años situada en el número dos de la plaza Puerta Castillo apuntalada desde hace más de un año para evitar su derrumbe. «La casa estaba estupenda hasta que empezaron las obras en el número tres, nos dijeron que la apuntalaban unos días y que luego arreglarían la pared. Ha pasado más de un año y mire cómo está», asegura señalando los puntales de su habitación. Para esta fuerte mujer no existe duda. Los dueños de la vivienda han dejado deteriorar su casa, en la que la luz de la escalera pasó a ser un recuerdo, para obligarla a irse y poder así construir en su lugar. Los número 1 y 3 de la plaza son ya modernas viviendas «y mi casa queda mal aquí, entre ellas», puntualiza. El problema de Eutimia es, hoy por hoy, irremediable. «No tengo dinero para buscar otra casa, necesito que me ayuden», recalca. La anciana cobra una pensión de viudedad que ronda los 360 euros; hasta la muerte de su marido cobró una ayuda como represaliada por el franquismo pero esa ayuda desapareció. «Aún guardo una carta del Rey en la que decía que todos los que estuvimos en la cárcel tenemos derecho a esa ayuda, pero no es así», recuerda Eutimia. Ella permaneció tres meses en la cárcel condenada por «mala», bromea, por sus ideas republicanas. Aunque sabía que sobre ella pesaba una pena de muerte, nunca pensó que la iban a matar. «Eso a los 17 años ni te lo planteas», recalca. Unos buenos padrinos -matiza- la salvaron del fusilamiento. Ahora espera que la ayuda del ayuntamiento o un acuerdo con los propietarios de la casa a los que ha pedido 30.000 euros de compensación la saquen de este aprieto. «Llevo más de catorce años pagando un alquiler, incluso cuando me dijeron que estaba en ruina he seguido pagando, ahora no me puede echar así como así», matiza. Eutimia paga una renta mensual de 150 euros, aunque hasta hace dos años llegó a pagar 180. «A los dueños les dio vergüenza pedir tanto dinero según estaba la casa», manifiesta. No me queda más por llorar «Desde que murió mi marido sólo nos han caído desgracias, ahora me tendré que ir, pero yo no me callo. Ya no me queda más por llorar, no levanto cabeza, pero yo no me callo. A todos ha de venir alguien que nos ayude a morir, y entonces ya no hace falta nada», asegura Eutimia ante la mirada de su hija que es más razonable. «Tendrá que buscar algo para vivir porque dentro de quince días la van a poner los muebles en la calle y entonces será tarde», dice la hija.