Desde El Pardo, con amor

Estaba uno amodorrado el jueves en la butaca de la siesta, medio viendo pasar el telediario, cuando sintió un sobresalto que le despertó de golpe con los pelos de punta. «España entera», leía solemnemente un locutor que, por el tono, parecía nieto de Matías Prat, «está pendiente del magno acontecimiento que tiene lugar hoy en el Palacio de El Pardo...». «Tranquilo, macho, que no ha resucitado», dijo mi mujer quitándome trabajósamente el mando automático de la mano, que seguía como agarrotada. Ostras, Pedrín. Menos mal que sólo era la petición de mano de la novia del príncipe Felipe, que, dado que no pudo hacerse en casa de los suegros, porque viven en dos, hubo de celebrarse en terreno neutral. Menos mal. Ya tranquilizado uno se enteró después de que a tan íntima y familiar ceremonia, según es tradición en España, asistieron trescientos periodistas porque no cabían más. «No te joroba, ni en un piso ni en la rosa de los vientos, porque esto parece el patio de vecindad de una corrala», parece ser que apostilló cierto cuñado aristócrata, famoso por ir de compras a Nueva York en moto naútica. Hay gente que va por el mar muy chalada. Pasado el primer susto, cuando uno pudo comprobar que en El Pardo nadie se dirigía a la muchedumbre con el latiguillo aquel de «españoles todooos...», sino que sólo se trataba de adecentar Madrid, parar unas obras y acelerar otras para ceder el paso a la gentil pareja el día de la boda y, ya de paso, congregar en las calles al mayor número posible de madrileños, gente sencilla donde las haya, sobre todo cuando se aclaman unos a otros en los atascos de tráfico, llegó el segundo sobresalto. Informaba a continuación el locutor, con voz profundamente preocupada, de que no estaría de más reformar la Constitución para que el primer fruto de la unión de Felipe y Leticia herede España, independientemente de que salga macho o hembra, por aquello de la igualdad de sexos y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. De acuerdo, pero no hay que desmadrarse. Es bien cierto que en dicha Declaración se proclama que en esta vida todos nacemos libres, iguales y desnudos, si bien unos más que otros. Por poner un ejemplo, no es lo mismo que nuestra madre nos llamara de pequeños por el apelativo de «mi príncipe», cada vez que nos preparaba la merienda, o que la vecina de enfrente hiciera lo propio con su hija al grito de «ahí tienes el pan con membrillo, reina mora». Digo yo que esto será, como mucho, una metáfora a efectos de la Constitución, porque de lo otro que estamos viendo estos días ni servidor ni mi vecinita vamos a heredar nada. Eso sí, nuestras madres de portaron como unas reinas y nuestros padres como auténticos caballeros. ¿Reformar la Constitución sólo por si el heredero de la Corona nace varón o mujer? Sesudos especialistas en derecho nobiliario debaten ya sobre el tema argumentando que debería derogarse la Ley Sálica, que prohibe el acceso de las mozas al trono, la Pragmática Sanción de Carlos III sobre matrimonios morganáticos -de reyes y reinas con gente plebeya- y demás rancia normativa de baja estofa para tiempos en los que nadie discute sobre la igualdad de derechos entre mozos y mozas, salvo el moro Bin Laden y algunas feministas, cada cual con su propia teoría. Tiene uno también ganas de dejar este tema a los colegas de la prensa del corazón y de la placenta, harto como está de tanta pamplina rosa. Solía decir el comunista Carrillo en tiempos aún no tan lejanos que él se sentía monárquico sólo en la medida en que también el Rey era «el primer funcionario de la república» para poner moderación, orden y concierto en las desmedidas ansias de poder de los partidos políticos. En eso coincidimos casi todos, menos los monárquicos más cerriles. Se empieza cambiando la Constitución en la coma o en el párrafo tal o cual para ver si es niño o niña y se acaba discutiendo con Maragall para resucitar el reino de Aragón desde Santa Pola hasta Sicilia y la herencia catalana de Roger de Flor. O el órdago, también a la grande, del Plan Ibarretxe. Las modernas monarquías constitucionales forman parte del folclore de cada país y no es conveniente sacarlas otra vez de quicio ni rebobinar en el tiempo. Queden las cosas como están y sirva de ejemplo de sentido común el de la futura princesa Letizia cuando la interrumpió el discurso al príncipe Felipe, que, a su vez, le había interrumpido machistamente a ella, con un cariñoso codazo y un «déjame acabar a mí», que sonó como un decreto de ley. Detalle democráticamente simpático donde los haya. Es lo que yo le dije a mi mujer viendo el incomparable marco del Palacio del Pardo: «ya sabemos quién manda en España».