Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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MI VIDA, como la de todos los niños, estaba dividida en dos tiempos: el verano y el resto del año. Por la misma calle iba a los dos países, a las dos épocas, y era la calle del padre Santalla, hoy un rincón muy acristalado y moderno y que entonces era un vial fronterizo, con su serrería y su almacén de aguas minero-medicinales, el gran garaje de los autobuses que iban a Fabero y la pequeña cochera donde guardaban el deslumbrante automóvil del Belga, director de la MSP, un coche de Miami en la lluviosa Ciudad del Dólar. Al final de la calle del Padre Santalla está la avenida de Valdés y ahí el destino se bifurcaba. Si el tiempo era de verano la meta estaba cerca: la grava del poblado minero nos acogía con su ruido fraterno, y allí surgía el reino de la libertad, saludado por unos mulos pacíficos, atados a las anillas colgadas de un paredón curvo y blanco. Los mulos allí quedaban, envueltos en sopor y boñiga, mientras sus caballeros y amazonas estaban de compras en el economato de lagran empresa que medio parió a la ciudad. El economato era una casa grande y blanca, con adornos de granito, desde cuyas bodegas salía un aroma a aceite y a sal que aún percibimos los viejos rockeros del barrio, y eso que el honrado templo comercial fue derribado hace ya bastantes años. El resto del verano se nos iba bajo las mimosas, en un pequeño parque medio abandonado, donde las niñeras de la Cabrera y la Somoza cuidaban a los niños más pequeños mientras miraban a los hombres que salían del tren, y que iban siempre con prisa. Andando el tiempo estas criadas benefactoras solían tener la dignísima costumbre de desnudarse para los hijos ya adolescentes de las casas que servían. A cambio de un beso callado en el cuarto de baño. Ese tiempo solar de los niños de la Puebla de Ponferrada continuaba junto a la vía de las locomotoras que arrastraban los trenes mineros y también el convoy de viajeros, con sus vagones verdes. Y ya después venían las huertas, sus empalizadas y el silencioso tráfico de los obreros en sus grandes y pesadas bicicletas, con las bolsas de mimbre sobre el guardabarros. La otra ruta, la del otoño, el invierno y la primavera, salía también de la calle del padre Santalla y continuaba por la avenida de Valdés hasta el colegio de San Ignacio. Arrabal de mueblerías, de talleres eléctricos, de almacenes de harinas, de un gran concesionario de motos. Y luego unos chalets racionalistas y pequeños, y ya las clases y su disciplina, y el deseo grande de volver a casa, de estudiar algo, poco, de jugar con los hermanos y, sobre todo, de leer cuentos. Porque la televisión, entonces la había en muy pocos hogares. Y así llegó el día 22 de noviembre de 1963, hizo ayer cuarenta años. Recuerdo la secuencia al milímetro: yo estaba en la cama, leyendo al revés, quiero decir tumbado y con los pies en la cabecera. La colcha era verde y el cuento que leía seguro que uno de aquellos mexicanos de la editorial Novaro, donde iban historias de la revolución de Pancho Villa entremezcladas con los dibujos del Conejo de la Suerte. También fotos y estadísticas de los oscuros jugadores del fútbol azteca. Y fue entonces cuando vino mi madre, corriendo desde el comedor y me dijo que había sucedido algo terrible: habían asesinado a John Kennedy. Acababa de decirlo la radio. ¿Kennedy, muerto?, repetí; ¿pero si era el rey del mundo?, pensé. No hubo noticia mayor en muchos años, no sé si en todos, porque la recibí de niño. Kennedy muerto, que era como de la familia. De todas las familias católicas de Occidente. Kennedy muerto, se acababa así el cuento mayor de mi infancia, el relato de la magia y la realidad hermanadas. Kennedy muerto, y ya me enamoré para siempre de Jacqueline. Afuera, en la avenida de España, unos hombrones bebían vino en el Mi-bar.

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