CRÉMER CONTRA CRÉMER
Ubaldo, emigrante
ME ESCRIBE mi colaborador de turno, informándome que Ubaldo Rodríguez, emigrante procedente de Guinea o de un lugar de parecida etnia, ha muerto en una calle de un lugar cualquiera de la Península Ibérica, como consecuencia de una agresión a la que fue sometido, precisa mi informador, solamente por su color y su andadura como cazador de la selva, lo que le convertía en un personaje «singular». Los brutales depredadores le habían acorralado en una calleja y allí le habían sacrificado. Ubaldo, al que me fue dado conocer en una excursión para descubrir las peculiaridades de la raza, había venido a España a trabajar. En lo que fuera, que tanto importaba la tarea que se le encomendara si con la soldada conseguía y vivir rescatar de la miseria original a su compañera y sus dos hijos. No pudo ser, porque de los negros agujeros del odio sin sentido, una banda compuesta por otros hombres, de color rosado tirando al amarillo de la envidia, le habían detenido en su camino, ya definitivamente. Y entonces recordé con apretadas angustias, cuando yo mismo, acosado por hambres antiguas y acorralado por indiferencias criminales intenté emigrar. Habías probado saltando desde mi pueblo a Madrid, pero eran tiempos alterados y peligrosos y consideré desistir en mi empeño de abandonar el lugar en donde había y entrado acogimiento, aunque todavía no cubriera por entero las necesidades abiertas de mi condición de hombre humilde y necesario. Cambié la ruta y monté mi tienda en Barcelona, pero, ya digo que los tiempos no estaban para correrías y regresé al nido. Hasta que llegado el momento crucial de la desesperación me decidí a emigrar a las Américas, que era el destino que nos estaba reservado a los que ya no podíamos ni con la risa ni con las lágrimas. Y establecí contacto con un compañero de aventuras literarias para que me proporcionara un hueco en algún lugar de su territorio. Y cuando al fin conseguí lo que pretendía y se me ofrecía la oportunidad de trabajar en su país, Uruguay o nicaragua, (ya ni me acuerdo ni quiero acordarme), por nunca conseguí saber qué clase de inconvenientes derivados de una guerra inicua, la nuestra, me fueron negados «los papeles» que me permitieran el traslado. Me convirtieron en un hombre «sin papeles» y durante años fui víctima de una situación que más bien se parecía a una prisión externa. Y naturalmente pasó hambre. Porque en España también se pasaba hambre, aunque paliada por un sistema de caridad en forma de Cartilla de Racionamiento. De modo que cuando me trasladó el corresponsal de turno la noticia de la muerte de Ubaldo Rodríguez, el emigrante, se me llenaron los caminos de la sangre de negros moratones. Y me arañó el alma con furor, pensando en las tribulaciones de estos hombres de la emigración, que mueren en las oscuras aguas del Estrecho, o que andan «sin papeles» por las plazas de España, solicitando al menos permiso para vivir, sin que aparezcan en sus vidas o en sus agonías monstruosos grupos de seres que, a lo peor, también buscan trabajo o han tenido trances de angustia y de hambre, y acaban estrellados contra los ríos muros «de esta patria mía» que diría Quevedo.