CRÉMER CONTRA CRÉMER

¿Dónde está el meteorito?

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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¡COÑA! Menos mal que por una sola vez la Crónica General de España ha tenido ocasión de ocuparse de un pueblo, antaño famoso y glorioso y hoy un tanto desapacible y vulnerable, del cual ni se sabía que existía salvo para las acometidas de la Hacienda Pública y para el servicio de elecciones. León, como todo el mundo sabe, limita al norte con el mar Cantábrico, al sur con Valladolid y pare usted de contar. De vez en cuando se hacía notar porque acudía a alguna cita el ministro señor Álvarez Cascos para hablarnos de las infraestructuras y en fiestas muy señaladas como la de Villalar o la demostración de pendones durante los desfiles de San Froilán. Y cuando desde algún punto de la península ibérica algún desnortado preguntaba por la situación de tan escondido poblado, el encargado de atención al turista, explicaba: «¡León, pues qué quiere que le diga: sencillamente que es un lugar que cae allá para las Asturias»! Y el peregrino perdido acaba por saber aproximadamente cuál debiera ser la ruta que le interesaba coger para llegar, sano y salvo, a Santiago de Compostela, el campo de estrellas, del que hablaba Lamparilla en su Guía de León... Como a Teruel, como a Soria, como a Jaca, a León le sucedía que nadie sabía dónde situarle en los mapas, ni qué mérito especial, fuera de las mantecadas de Astorga, le adornaba. Simplemente los muy eruditos, que son unos personajes que se las saben todas y que si no se lo saben se las inventan, insistían en incluirlas entre los pueblos famosos, que fueron hasta que dejaron de serlo. Y los leoneses de la UPL y los leoneses del PSOE y los leoneses, ahora en el exilio, del PP se desvanecían ante tan tremenda indiferencia nacional y caían, bien que lentamente, en una melancolía que muy bien -o por mejor decir, que muy mal- podría llevarnos a sus fieles habitadores a la desesperación. Hasta que un día extraordinario, uno de esos días de los que solamente entran dos en el siglo, un día para la anotación en la Agenda de las glorias patrias, le dio por aparecer en el infinito campo de las estrellas, una muy gorda, muy luminosa, muy ruidosa, que puso en pie a los habitantes de Renedo de Valderaduey y extendió la alarma por todo el Este peninsular, hasta perderse, se supone que allá por la provincia de Palencia. ¿Nos estaría pasando con esta gloriosa efemérides, puramente leonesa lo que nos sucedió con la Fasa? Así que se conoció la importancia del acontecimiento y lo que cabía esperar de su debido explotación para la recuperación de la identidad leonesa, sin esperar a poner la bandera de León en los balcones del Rectorado, las autoridades dignas de este nombre, tocaron generala y las fuerzas de orden público, sin contar con el Ministro señor Trillo, declararon el estado como de emergencia. La guardia civil, las fuerzas útiles de la comarca, contando con la Diputación, y todos los afiliados a la UPL , al PSOE, y al PP como un solo hombre y como un solo partido se pusieron a buscar aquel efecto, bólido, aerolito o pedrusco sideral en el que al fin León podría afirmar su personalidad, y obligar a todo el universo mundo a fijar las cámaras, las miradas siquiera en un desconocido y humilde lugar elevado a la categoría de protagonista por la aparición en sus dominios, en sus tierras sagradas nada menos que un meteorito, un pedrusco estelar del tamaño de un chalet. Fuerzas de a pie y a caballo, autogiros La Cierva y aeroplanos inteligentes americanos capaces de descubrir los escondites de los sedicentes iraquíes, barrieron, dicho sea en término figurado, la zona de Renedo hasta Palencia, sin que hasta el momento en el que componemos este parte de guerra se conozca el paradero de tal meteorito. ¿A qué no existe?

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