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VICTORIANO CRÉMER
León

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ESTOY llorando. No soy un sensiblero ni un romántico a la violeta. A lo largo y a lo hondo de mi biografía, como sospecho que les sucederá a millones de españoles, he tropezado con muchos peñascales, contra los cuales me he roto los huesos. He visto la muerte de cerca y de lejos. Y como a todos los miembros de mi generación, nos ha estado dado el privilegio de comprobar que «la muerte me está mirando desde las torres de Córdoba», que dijo Lorca. Pese a todo este caudal de experiencias, con la visión íntima permanente de la guerra, a la cual asistí, arma al hombre y el lo alto las estrellas, no encuentro las palabras que debiera emplear en este trágico momento: Centenares de seres humanos, de humildes hombres y mujeres que acudían a sus trabajos y colegios, fueron detonados, rotos, mediante el más cobarde de los procesamientos. Miserables animales de furia y llanto, a escondidas, colocaron al paso de los hombres del trabajo y del estudio, de las mujeres embarazadas y de los ancianos, una serie de artefactos explosivos. Cuando fueron detonados a distancia, escondiendo la mano, los trenes que les transportaban volaron por los aires, llevándose la vida de cientos de inocentes, pasajeros de la muerte. Nadie sabe quién fue el que movió el instinto bestial de los criminales, ni siquiera cuando la sangre cubrió las calles de Madrid. Que ya dejó de ser pueblo de romance para convertirse en campo sangrado. Necesitaría inventarme un lenguaje especial para exponer toda la miseria, toda la inconcebible bestialidad que suponen actos tan desdichados como el que anotamos. Cerca de doscientos muertos y más de ochocientos heridos fue la consecuencia del rabioso acto perpetrado. ¿Qué se puede decir de tan abominable demostración de barbarie? No sirven las palabras consabidas de jurarle la guerra al terrorismo, ni apelar a sentimientos democráticos de entendimiento y unidad política, porque los que de tal modo entienden la convivencia, mediante la metralla, la pistola o la navaja ni saben ni entienden, ni conciben otra doctrina que la del crimen. El crimen fue en España y el estruendo de las explosiones conmovió al mundo. ¿A qué reglas de convivencia solidaria hemos de atenernos con esos tremendos dinamiteros,, cuando matan con alevosía, con premeditación y con cobardía? ¿De qué puede servir el diálogo frente a la dinamita?... En esta antesala de la primavera no cabría imaginar siquiera una mayor y más negra atrocidad. El estruendo de las explosiones y los gritos de los heridos apagó la retórica de los discursos electorales. Aquí otra vez el Lorca del sacrificio: «Se encendieron los faroles de la muerte y se apagaron los grillos». Serán al fin vencidos, nos aseguran naturalmente. Porque los bárbaros acaban nutriéndose en la propia sangre y acaban vacíos de sangre. Son monstruos blancos, sordos e insaciables. Serán al fin vencidos. Sí, pero ¿qué hacemos con los muertos? «Detesto la tolerancia -escribe Eduardo Haro Tecglen, en su libro «Hijo del siglo»- supone o la llegado a ser una manera de indulto o de perdón para los que y por ser tolerados, son distintos».

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