Publicado por
MARGARITA MERINO
León

Creado:

Actualizado:

NACIERON en un país amordazado por las heridas de una guerra terrible que llevó a los caminos el temor del infierno e hizo los colegios tierra avasallada en la religión tenebrista de los dioses coléricos. Su curiosidad arruinada en el miedo a oponerse al gallo negro de los manuales de historia y los cuadernos de formación del espíritu nacional, aprendieron a jugar a los barcos en los pupitres del desahucio cuando los primeros estigmas de su género diluviaron aquel bombardeo de señales alejándolas de la categoría anhelada de ser personas plenas. Y tuvieron muñones al caerse sus alas con la sangre ignominiosa del ángel vengador en la marginación del no saber mentir. En lugar de explorar los descubrimientos científicos o la comprensión del espacio y los volúmenes a través de la maravilla sintética e infinita de los números, las niñas eran reos del bordado y el punto de cruz, labores adecuadas a su disposición natural y a las limitaciones propias de su sexo y condición menor que podían endulzar al abrigo de la repostería casera. Así pusieron termómetros al amor de bombillas, radiadores, braseros, y se quedaron leyendo febriles a escondidas cuando oían que su varita sería la de la fregona; su lienzo, el de abrillantar; sus versos, los de rimar al viento de cazuelas. (Mientras, eran asesinados los presidentes de los derechos cívicos, los hombres universales, los papas santos, los guerrilleros míticos; se suicidaban poetisas universales en el horno de lágrimas del gas). En este amansamiento redundante -pues eran más reacias que otros animales domésticos en repetir rutinas- de hacerlas amantísimas hijas, esposas, madres, se armaban checas de rondalla que mutilara el ánimo de acercarse al desafine de instrumentos con los que se emitía con fiereza el ruido con que se vengan -cuando la ocasión lo permite anónimo- quienes nunca tienen quien les escuche. Concluyeron que no tenían nada que decir, abandonaron sus canciones por la fiebre del rock enlatado y músicas sucesivas que nunca interpretaron. Sin remontarse a la pasión inventora, a la fuerza de los hallazgos por investigar en los laboratorios, fetos en formol -ellas sabían que eran abortos de otras niñas pensantes aún más desgraciadas- avisaban la urgencia de pasar inadvertidas. Y aprendieron a hacerse invisibles cuando empezaban a florecer, Helenas de los páramos. La dictadura de la autoridad ilegítima había estipulado alrededor que aunque se hicieran jóvenes, adultas, maduras, viejitas mermadas, juriconsultas y letradas, nunca crecían ante la ley de los hombres necesitando su control en cada ocasión que lindase con la libertad de acciones para las que por sí mismas no tenían capacidad de obrar en solitario. Y cuidaron sus cárceles con mimo, desinfectando con lejía su huella femenil, que en los días ominosos generaban el siniestro poder de marchitar lo vivo. Así se acostumbraron a consentir a sus tutores: padres, hermanos, novios, esposos, hijos. Las que se vieron forzadas por impulso o necesidad a enfrentar extraños pronto descubrieron que en realidad los espacios soñados donde expandirse tenían las rejas repetidas de las prisiones superiores. Educación, cultura, trabajo, electrificaban muros ásperos: demasiados carceleros esgrimían el acoso del desprecio, los abusos que fluyen de la división y la enemistad. Y fracasaron los proyectos más sensibles: sin ellas el mundo se envenenó poco a poco de más rencor prepotente y macho, de más guerra. Un día muchas mujeres españolas despertaron en una intuición compartida por los jóvenes: era hora de rescatar sus utopías antiguas a la categoría de las expectativas. Los votos que dejamos el 14-M traen a un ZP admirable, presidente respetuoso y comprometido que quiere devolver el sentido a las grandes palabras. Con él las personas somos capaces de transformar las cosas cotidianas con que se escribe la historia mayúscula, entendiendo la acción responsable de reinventar un país para la reconstrucción de un mundo tan maltratado. Y para eso debemos recomponer también nuestros pedazos, sumarnos ejército de luz.

Cargando contenidos...