LITURGIA DOMINICAL

Dulce y saludable vínculo de las mentes

Publicado por
JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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¡EL AMOR! No hay palabra que se repita tanto en las canciones. Sabemos lo que vale, aunque sea para nosotros una nostalgia, o una palabra vacía. No es fácil amar al que te abandona o humilla, al que inició en la droga a tu hijo o al desalmado que viola a tu hija, al conductor que te cierra el paso y al policía que te pone una multa, al terrorista de casa y al que nos llega de fuera, al político del otro bando y a los comediantes que se burlan de tu fe. En el sermón 350 decía San Agustín: «Hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vínculo de las mentes sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras y alegre en las buenas obras; confiado en la tentación y generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos y muy paciente entre los falsos». ¿Sabremos lo que significa el amor? El amor no se confunde con la simple tolerancia ni con la solidaridad pasajera. Su contrario no es el odio, como a veces se dice, sino el egoísmo. «El alma dura en su amor propio se endurece», como escribía San Juan de la Cruz. El criterio El evangelio de este quinto domingo de Pascua pone ante nuestros ojos el resumen del testamento de Jesús: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Son unas palabras que hemos oído cientos de veces, pero otras tantas nos interpelarán todavía. ¿Qué era lo nuevo de ese mandamiento? La antigua regla de oro, nunca escrita y siempre aceptada por todos, mandaba amar a los demás como uno quisiera ser amado. También la Ley de Moisés ordenaba amar al prójimo. Lo difícil era determinar quién era el «prójimo» y cuándo merecía ser amado. Ahora Jesús repetía el antiguo ideal, pero le añadía una referencia inquietante: «Como yo os he amado». En consecuencia, para los seguidores del Maestro, el criterio del amor ya no habría de ser la igualdad con el amor que ellos demostraran. El criterio no eran ellos sino Él: su Maestro y Señor. La señal Como si no quedara claro el mensaje, Jesús añade todavía una advertencia importante: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros» (Jn 13,35). ¿ La señal por la que se reconocen los que siguen a Cristo no es el simple aprecio de la cultura cristiana: el arte, la música, las costumbres o la ética . Menos aún nos define como cristianos el hecho de aceptar y admirar tal o cual película sobre la vida o la pasión de Jesús. ¿ La señal que distingue a los cristianos es la decisión de amar a los demás con la fidelidad y la radicalidad con la que amaba Jesús: es decir, hasta estar dispuestos a entregar la vida por los otros. Ese amor ha llevado a muchos a la muerte, pero lleva a muchos más a sacrificarse cada día por el bien de sus semejantes. ¿ La señal del amor, vivido al modo de Jesús, revela nuestra pertenencia a Él. No todos los que se dicen seguidores suyos lo son de verdad. Y tal vez alguno de los que no lo conocen o no lo reconocen como Mesías esté viviendo ya de ese espíritu. Ese amor nos define. - Señor Jesús, que habiendo amado a los tuyos, los amaste hasta el extremo, enséñanos a estimar y cumplir el mandamiento nuevo que nos dejaste como señal y testamento. Amén.

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