Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

De la ternura al vértigo

Publicado por
JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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AL CELEBRAR la fiesta de Pentecostés, nos resulta casi obligado plantarnos ante la fachada del santuario de la Virgen del Camino para contemplar una moderna expresión plástica del misterio. Aquellos gigantes de bronce que esculpió Subirachs para representar a los apóstoles de Jesús miran al horizonte como si estuvieran dispuestos a emprender el camino de la misión. Sólo Tomás parece rezagarse para comprender si es verdad que ha llegado la hora del envío. Su mirada se vuelve a la imagen de la mujer que los preside. Un poco elevada sobre el nivel común, María recibe entre sus manos la paloma que, con ellas, viene a formar una estrella. He ahí el mensaje de esta fiesta de Pentecostés. Bien describió José Luis Martín Descalzo la transformación que el Espíritu obró en los apóstoles: «Habíamos creído que Dios era ternura. Ahora descubríamos que Dios era vértigo. Habíamos creído que Dios era soberanía. Ahora se nos hacía ver que Dios era ebriedad. Habíamos creído que Dios era la última calma. Y alguien vino a contarnos que Dios era locura». Una sola lengua Esta es una fiesta en la que aparentemente tiene más importancia la primera lectura que la proclamación del Evangelio. En ella se nos invita a meditar un borbotón de luz y de fuego que se sitúa ya más allá de la vida terrena de Jesús. En la primera lectura, en efecto, se nos narra la venida del Espíritu Santo sobre aquellos pescadores convertidos para siempre en mensajeros y testigos (Hech 2, 1-11). En aquel Pentecostés se cumplía la palabra empeñada por Jesús y enviaba su Espíritu sobre los suyos. - El Espíritu venció su torpor y los ganó para una causa sin límites. Derribó su miedo y encendió la urgencia de la entrega. Aquel día nació la Iglesia. O al menos, percibió ella los horizontes a los que era enviada. Pentecostés era la fiesta del arrojo generoso. - El Espíritu venció también su narcisismo y los abrió a la universalidad. A su presencia, las gentes que no lograban entenderse, comenzaron a oír en su propia lengua el mensaje de la luz y de la vida. Pentecostés era la fiesta del anuncio y del diálogo. Presencia y perdón Pero también el evangelio de hoy es importante. En él se recoge la aparición pascual de Jesús a sus discípulos, en la que exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Cincuenta días más tarde aquella efusión se hacía manifiesta. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Era el Espíritu que había hecho posible la presencia de Dios en la humildad de nuestra carne. El mismo que ha de hacer posible la esperada aparición de lo divino en medio de nuestra peripecia humana. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Era el Espíritu que, en las aguas del Jordán, había revelado a Jesús como hijo de Dios. El mismo que habría de garantizar con su presencia y sus frutos la autenticidad de la misión de sus humildes enviados. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Era el Espíritu que hacía de Jesús el icono de la misericordia de Dios. El mismo que justifica la pretensión eclesial de perdonar los pecados y exige de nosotros la voluntad de perdonar y hacernos perdonar. ¿ «Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo». Amén.

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