EL AULLIDO
El Arte
ESTAMOS en la era de la vanidad, sí, y por eso destacan más los críticos-comisarios-buscavidas y los artistas que el arte. Hay criterios o modas económicamente rentables en el arte. Hay ambigüedad moral, figurantes de elite y hambre de dinero público en el arte. Hay museos de actualidad con modernidad de antes y con vanidad de ahora en la ceremonia de la confusión de arte. Viene o vuelve el arte contra el arte y sin el arte. Viene y va. Por eso necesitamos espacios expositivos como la sala ubicada en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos, que ya lleva un año funcionando y se ha constituido en un escaparate para los alumnos, un modo de que ellos eduquen su gusto mediante exposiciones que allí se van programando, y un espacio abierto a la ciudad. Ahora uno entra en esa sala, por ejemplo, y parece encontrarse con una instalación colectiva creada por los alumnos a partir de un poema de Leopoldo Panero; parece encontrarse con un montón de árboles negros pintados sobre planchas de papel e iluminados con bombillas, sí, parece encontrarse en esa sala pero en realidad está dentro de una novela gótica. Un espacio colectivo, legible, habitable, que cada uno puede y debe profanar a su modo. El bosque de Frankestein. Ese lugar nocturno donde la intimidad es colectiva como el miedo, donde los lobos se confunden con los hombres. El bosque primigenio que siempre simbolizó la muerte. El último sueño de Whasintong Irving. El cine de Tim Burton. El mundo de Alan Poe. Emociona pensar que esos alumnos, repletos de lucidez y de utopía, han renunciado a su individualidad, a su vanidad, a su nombre para crear y regalarnos un espacio comúnmente inventado, un ámbito ajeno, un bosque artificial -¿el bosque del arte?- donde los espectadores podemos ir a perdernos definitivamente o, sin saberlo, a encontrarnos al redescubrir que la creatividad también puede hacernos volar, y soñar, y estremecernos, y recordarnos así que la imaginación es el instrumento que tiene el ser humano para mejorarlo todo. Nos han regalado una obra colectiva exenta de vanidad y pretenciosidad; creatividad desplegada sin firmar, ni cobrar, ni intimidar. Y ahora que el arte parece querer dejar de fijarse en la eternidad para tomar como criterio "la actualidad", esto es la moda, ahora que dicha peculiar opción se ha convertido en un buen negocio para algunos y hasta Alaska participa del pastel, esta sencilla exposición se me antoja como una metáfora de la imprescindible luz que, entre la negra espesura del arte de hoy, todavía brilla. "Siempre hay una luz en una lámpara al final del pasillo/ -escribió Neil Young-. Quizá la Estrella de Belén/ no fue una estrella al fin y al cabo/." En esta sala, en esta instalación llena de alusiones y referencias, entre la luz y las sombras encontré un rincón en el que pararme, y cerrar los ojos, y recuperar mis alas. Entonces recordé que, en la actual era de la individualidad, de la vanidad, exposiciones como ésta nos recuerdan que no todo tiene por qué ser ininteligible, ni rompedor, ni caro, ni rentable, ni moderno, ni banal, ni vulgar. Que en esta dictadura de lo útil ciertas cosas inútiles resultan imprescindibles. Emociona esta instalación por los valores que se pueden vislumbrar en los jóvenes que han creado dicho espacio gótico; emociona esta estética, profética y maléfica exposición. Ahora que la monotonía es un cáncer vital y la rutina mecaniza la existencia entrar en esta sala, en este bosque, se parece a cambiar repentinamente de mundo. Pasen y vean.