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VICTORIANO CRÉMER
León

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EL EXCELENTÍSIMO Sr. Ministro Don José Bono, fue seleccionado para ocupar y desarrollar sin duda uno de los puestos de mayor peligro en el despliegue estratégico del gobierno de Don José Luis Rodríguez Zapatero, el de los pies ligeros, como se diría en la Iliada: nada menos que la función, misión o cuidado de la defensa, que según parece, antes, mucho antes del cambio, se titulaba de la Guerra. Don José Bono venís practicando la paz en la Castilla -La Mancha de Don Quijote pero con más sentido común y menos fantasía que el Caballero de la Triste Figura, conmovedor fantasma a caballo por los Campos de Montiel. El novísimo señor ministro, «juró» el cargo, cuando todos sus compañeros se habían atenido a la consabida fórmula del «Prometo por mi honor» y aunque aquella original forma de distinguirse resultó un poco extraña, todos lo admitieron, porque España es una democracia y cada uno mata sus pulgas como puede. Don José Bono, a cañonazos. Y no es por vanidad sino por temperamento. El ministro de la Defensa es romántico, impulsivo y amigo de la caza sobre la mesa. Y cuando fue llegado el momento de hacerse cargo del ministerio, en lugar de montar una acción militar, al modo de los desfiles en el Día de la Raza, invitó a su ceremonial al mismísimo Rouco Varela, que, como todo el mundo sabe, es a lo eclesial lo que el Excmo. Sr. Cardenal a lo Jurídico, y asistieron al glorioso evento desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca, decenas, quizá centenares de famosos, de famosillos y de la legión. El acto se convirtió en un espectáculo, en el que no faltaban, como algún cronista adelantaría, más que los gaiteros de Don Manuel Fraga. Y naturalmente, el señor ministro expuso algunos flecos de su doctrina. Y el público en general (y en butaca) se sintieron transportados a otros tiempos, a otros mundos, a otras formas de entender la gobernaduría de un país. La mayor parte de los asistentes al ceremonial salieron satisfechos y alguno hasta emocionado. Porque el verbo apasionado del Ministro arrebata. Don José Bono es un populista, dicen los que se entregan al difícil ejercicio de analizar a los hombres de importancia, pero resulta en la realidad un populista sin pueblo, o si se prefiera, con un pueblo rendido y a sus pies o al pie de su palabra. Hace ya algunos años, «El Diario de León», en una de las operaciones intelectuales, políticos y sociales más importantes de cuantas se han desarrollado en León, consiguió la intervención de Don José Bono. Y éste ofreció una conferencia con la cual las asistencias pudieron decidir estar al loro o quedarse con la música. El orador no pretendió vencer, ni convencer, sino sugestionar al respetable. Y lo consiguió. Este mismo final se prevé para su misión al frente de los soldados, de los tanques y de los fusileros. Y ello no por malicia, no por táctica, sino por efusión, por profusión y por temperamento. La política, incluso frente a lo que el propio señor Ministro defienda, es un arte de palabras muy precisas y de silenciosos muy calculados. Por la boca mueren los peces y los políticos. Convendría, quizá, que alguien con poder e influencias para ello pusiera freno en las cuatro ruedas del bólido que es o que puede llegar a ser el señor ministro de las Defensas y de las Guerras.

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