Diario de León
Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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COMO SI LA política no albergara ya en su seno peligros y desgracias inesquivables, Vargas Llosa sostiene que los escritores han de colaborar en ella «para contribuir a combatir la indiferencia de los ciudadanos por la vida pública». ¡Por los clavos del Redentor, que ni se les ocurra! Los escritores deben dedicarse a escribir historias fementidas, truculentas, desparramadas de atrocidades, de barbaridades o, si quieren ser más comedidos, simplemente sorpresas, juegos de agua o de palabras, bagatelas insustanciales con música de adjetivos. Pero ¿la política, admirado Vargas? Para pronunciarse en achaques de este ramo hay que ser persona capaz de convertir la propia ignorancia en obra de artesanía y esto no está al alcance del escritor que también peca de ignorancia pero la disimula, lleno como está de escrúpulos y pudibundez. Al escritor que se dedica a la política le sale un discurso tartamudo. Quevedo lo dejó escrito en «La fortuna con seso...»: «las monarquías las adquieren los capitanes y las corrompen los bachilleres». Además ¿de dónde saca Vargas Llosa que los ciudadanos sientan indiferencia ante la política? Una cosa es que el personal no acuda a votar y otra que no atienda y lo pase de rechupete oyendo las declaraciones de los diputados, filigrana de anacolutos y bacanal de anacronismos. Maravillas donde el discurso se hace tropo y el tropo, verbo. Al propio Vargas sus conciudadanos en Perú le pidieron que siguiera con las historias faulknerianas y que no pusiera sus manos sobre las leyes y la gobernación que son argumento de consejeros que padecen asma en la imaginación y que tienen el canalón del gusto inficionado por el virus de los embrollos. El pueblo sabe que las leyes son útiles solo para los abogados y los jueces y también que producen esa migraña que seca las fuentes cantarinas de la fantasía llenando de guijarros sus caminos. Cuanto más lejos se halle el escritor de estos acantilados en los que se despeña sin salvación cualquier esfuerzo positivo, mejor. A lo que sí debe aspirar un escritor es a ser un aguafiestas de los planes del gobierno que debe destruir con la mejor voluntad y sus mejores intenciones. Debe ser un buen tirador para afinar con puntería sobre los tópicos de la derecha y de la izquierda que ha de abatir sin miramientos y sin molestarse luego en recoger el producto de sus disparos. Chulo y chungón debe ser el escritor del que estoy hablando. Y experto en quitar caretas, en desmontar escenarios y en hacernos ver el artificio del atrezo. Solo así puede encontrar su sendero quien tiene como única arma la pluma que parece arma ligera pero que, manejada con destreza, acierta a liquidar piezas relevantes y de mucha apariencia. La pluma tiene vocación de candelabro que perfora oscuridades, también de fogonazo que ilumina con brevedad pero desnuda. La pluma ha de forjar contradicciones porque de ellas algún día saldrá la luz esclarecedora. Un día lejano, de esos que no están en el calendario ni se les espera. Lo contrario da el escritor comprometido propio de algunos tramos del pasado siglo. Es decir el escritor que antes estaba al servicio de un partido (generalmente de los nazis o de los comunistas) y hoy caracolea alrededor de uno de esos grupos o señores de presión que dan premios, apañan sillones con ácaros en las academias y decretan valores literarios como quien decreta el precio de la gasolina. Este tipo de escritor es cansino, huero, tiene alma de escayola e inclinación a convertirse en estuco pintado, apto para decorar salones y aparecer reflejado en cornucopias de muchos cuernos y de muchas copias. De tanto doblarse ante el poderoso es propenso a la escoliosis por lo que sus productos -este escritor no escribe sino que produce- salen ya herniosos y un punto herpéticos. La pluma del comprometido es la hernia estrangulada de la literatura. Que para ser esbelto ha de ser traición, exageración, despropósito, dispuesto siempre a hacer gárgaras con los lugares comunes y sacar arrugas a la realidad.

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