Diario de León
Publicado por
MARGARITA MERINO
León

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ATRAVESANDO AEROPUERTOS hacia el solsticio de verano, lugares plastificados y herméticos cuyo aire estanco provoca transtornos respiratorios, hojeando propaganda -destinos vacacionales ofertados como paraísos en un lujo artificial hueco-, martirizada por musiquillas ratoneras, masticando la comida chicle que atormenta al viajero -así además de constreñido y acatarrado, intoxicado-, me ha venido, un recuerdo de chopos, de vega y bodega, de brisa atardecida. Con el verdor de las praderas, ha vuelto también el aroma a croquetas, pollo, ensalada mixta, arroz, flan de coco; la textura de aquella soberbia ensaladilla rusa que mi madre convertía de verdad en imperial. Es otro repique de los ratos perdidos, de los humildes rincones arbolados, el sabor especial de aquellas tardes campestres que muchos españoles conocimos y tantos otros hoy todavía acometen como un ritual para escaparse del cemento reinante por los cuatro costados. Aunque los viejos ríos que sufrieron la invasión de basura hayan padecido después la ingeniería conductora en sus cursos asilvestrados y sean muñones presos, ausencia de la vegetación brutalmente segada por la obsesión arboricida y canalizadora. Otra destrucción que sumar a la perpetrada por las concentraciones parcelarias en la España que se desertiza. No era el ronquido sonámbulo del mar, la sorpresa de las cumbres azules, lo que nos conmovía sin notarlo: los paisajes aledaños eran medio pulmón para los urbanitas que no teníamos casa de pueblo donde curarnos de los pisos, de la estrechez de los balcones-nicho a patios interiores agostada al límite en el círculo y la rutina de eventos de las sociedades de recreo vigilantes. La falta de espacio puro terminaba por agobiar con sus dictaduras y etiquetas que prolongaban el rígido avío y uniformes de profesión y colegios. Así los caminos parroquiales tenían una impronta balsámica inspirando momentos de descanso mental y distensión, de ropa cómoda, sin rozaduras de calzado nuevo, y el mundo se hacía más fácil en el esparcimiento en la pradera, entre las risas de nuestros mayores que olvidaban la atildada circunspección vecinal. Aquellas meriendas una tarde de verano, un día de fiesta, su revuelo y acarreo de intendencias caseras dulces y saladas, frías y templadas, las calientes cuya elaboración se hacía in situ, la abundancia que desplegaba material de derribo para resistir un asedio... Me sorprende pensar su naturalidad: el contraste con este frenético ir y venir, de este comunicarse por email que está haciendo desaparecer cartas y encuentros, historias que escuchar al amor del mantel sobre la hierba. Su convocatoria provocaba gran jolgorio en niños propios y extraños: pues siempre caía algún invitado de última hora que disfrutaba el reconocimiento con juego y bocadillos. El frescor de aquellos ríos asilvestrados, sus orillas rumorosas, lel rebullir de sus animalillos y sus pájaros, sus truchas y cangrejos, sus soledades, todavía me asombran. No parecen hoy los mismos lugares. Tampoco el mismo país. Y es que en la estupefacción de nuestra incesante metamorfosis, filósofos y escritores (particularmente los poetas que son quienes suplantan el diagnóstico forense de los pensadores «oficiales» por otro lenguaje compilador de la lucidez a la emoción), han venido a espantarse, como casi todos lo hacemos, por el paso del tiempo que todo se lleva, destruye y desordena. Nina y Ángel (Marín), Herminia y Antonio (Banderas), Angelita y Emilio (de Paz), (o Mané y José, Carmiña y Cosme, Elisa, Valle, en las tierras gallegas), los que no cito, han ido dejando de ser dúos, como mis padres, o solos. Y los niños que fuimos, al ponernos el disfraz de adultos, hemos olvidado apellidos (o los nombres de algunas parejas encantadoras: Taladriz, Gavilanes, Villalgordo...) y sólo estalla crepuscular la tarde frente al ordenador. Y el alma, sin merendar historias junto al agua.

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