Ese burro
A UN PEREGRINO francés le colocó el cielo la muerte en el arcén, aguardándole, y el corazón se le sublevó, dijo «ni un paso más, aquí me paro»; a la vista de la alta cruz de La Virgen del Camino cayó fulminado por su propio destino. Robert Edmond Ernest Bonamí, buen amigo, debía ser uno de los rarísimos concheiros que hacían el Camino como Dios y el viejo Codex Calixtinus mandan, esto es, retornando a casa de la misma forma que se llegó a Compostela, andando, completando el peregrinaje de vuelta como siempre fue. Roberto Edmundo se acompañaba de un asno guapo enjaezado de primor y fue su único testigo, le vió desplomarse, reducirse al silencio inmóvil y junto a él se quedó mientras los coches pasaban cagando virutas. Alguien, finalmente, llamó al socorro y a la autoridad. No hubo nada que hacer. El pollino tiene cara de mucha tristeza resignada en la foto que ayer publicaba este periódico. Los burros siempre miran así, pero en esta ocasión se le sumaba al ojo cierta seña de orfandad; se quedó sin la voz amiga y dueña; ya nadie por aquí le hablará en gabacho, mon ami, ¿voulez manger de pommes? (a los burros les encantan las manzanas como premio). Un vecino de Valverde se ha ofrecido a cuidar a la bestia de tiro mientras se le resuelve la repatriación o lo que le depare esta fatalidad. Le hablará en cazurro, con nuestro soniquete para él raro, y no entenderá nada. Lo supondrá. ¿Y en qué pensará? ¿Recuerdan los burros? ¿Añorará a su dueño después de tantas jornadas, calamidades, etapas y albergues perdularios, tanto forraje raro y rastrojera? ¿Ganan los pollinos la indulgencia plenaria que promete el Apóstol al penitente andariego? ¿Hay Cielo para pollinos? ¿Tendrá por santa a la borriquilla con la que entró Cristo en Jerusalén?... El Papa dijo una vez que había un Paraíso de Animales, que los bichos y su alma pequeñiña también sobreviven a esta vida perdurable y gozan de paz y liras angélicas en los divinos candelorios (¿habrá allí burros alados haciendo de ángeles?, porque este burro francés es candidato a pilotar nubes). El cielo de este pollino será, sin duda, un prao gallego con hierba hasta la rodilla y con flores de las que comen los poetas (Santiago tendrá en la Gloria un prao gallego, digo yo, qué menos). Quizá cuando muera le dejen volver con su dueño, que está solo.