VENTANA ABIERTA
Republicanismo, ciudadanismo
POCO DESPUÉS de ganar la secretaría general, Rodríguez Zapatero sorprendió a todos con su profesión de fe «republicanista». Y ahora Philip Pettit, el intelectual norteamericano que inventó la teoría, una derivación del comunitarismo que con mayor o menor énfasis abrazan los demócratas USA, ha estado en España y ha pronunciado una conferencia en presencia del presidente del Gobierno, quien le ha invitado a regresar a nuestro país dentro de tres años para comprobar los cambios que el Ejecutivo habrá impulsado durante ese tiempo. Por una explicable convención semántica, el PSOE -y también Pettit, según se desprende de las declaraciones que ha realizado a diversos medios de este país- han decidido eliminar el término «republicanismo», que se presta a equívocos en una monarquía parlamentaria como la nuestra (aunque nada tiene que ver la teoría con la forma de Estado), y ahora se habla más bien de «ciudadanismo». La teoría de Pettit, expuesta en su obra «Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno», es una adaptación del discurso liberal a la sensibilidad de la izquierda. Se trataría de ensayar una vía intermedia entre el populismo, que enfatiza la idea de soberanía -el pueblo resuelve sus propios problemas por la vía democrática- y el liberalismo doctrinario, que desconfía del Estado y, en general, de toda intervención. El republicanismo abomina de cualquier género de dominación del individuo y trata de libertarlo mediante acciones positivas. El debate teórico sobre el «republicanismo» o «ciudadanismo» tiene en sí mismo escaso interés para el ciudadano, que se guía políticamente por su sensibilidad -por el «talante» de los que mandan, aunque algunos no acaben de entenderlo- y, sobre todo, por los resultados. Y, en este sentido, es bien patente que el proyecto socialista representado por Rodríguez Zapatero, a la luz de su programa electoral y de sus primeras realizaciones -con las que ha pretendido naturalmente marcar una primera pauta-, se basa en dos pilares: de un lado, la eliminación normativa de las «dominaciones»; de otro lado, el mantenimiento de la ortodoxia económica aunque con especial énfasis en el acceso de todos a unos servicios públicos -en sentido amplio- de calidad. Sobre el primero de estos dos vectores, las realizaciones están a la vista: la paridad, impuesta en el Gobierno y en los órganos internos del partido, así como el proyecto de ley contra la violencia de género , pretenden dar visibilidad a un proceso de equiparación de la mujer con el hombre mediante la discriminación positiva. En igual dirección caminan ciertas reformas que van a integrar en la normalidad jurídica a determinadas minorías. a laboral de 35 horas». En lo referente a la economía, Zapatero defiende «la estabilidad presupuestaria, sin el dogmatismo propio de la derecha». Y que se ha marcado dos grandes objetivos: de un lado, la total transparencia de las cuentas públicas; de otro lado, impulsar «un esfuerzo muy importante en educación, en investigación, en desarrollo y en innovación». En nuestras viejas democracias, nada hay nuevo bajo el sol (afortunadamente). Y estas ideas, aunque emboscadas bajo el manto de términos nuevos, pertenecen al debate clásico entre la derecha y la izquierda, cuyas opciones son ya más una cuestión de gustos que de definiciones (Eugen Weber). De cualquier modo, las dos líneas de avance marcadas por Zapatero ofrecen sin duda recorridos muy atractivos. Porque, por una parte, modernizarán la sociedad, lastrada todavía por anacronismos ideológicos difíciles de arrancar de la umbría de nuestras circulaciones sociales, y, de otro lado, permitirán avanzar en el cambio del modelo de crecimiento, que en el futuro se apoyará más en la productividad que en la construcción y en el consumo, los grandes motores actuales de la economía.