Diario de León

GALOPANDO NUBES

Los amantes de Orbajosa (I)

Publicado por
MARGARITA MERINO
León

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«ESTOS DOS pobres basiliscos que aquí yacen expuestos al escarnio del caminante para ejemplo de propios y extraños, y regocijo de muchos, fueron crueles: extranjeros de la caridad, derrotaban sus cuerpos en los eriales de la ira. No pudieron saber nada uno del otro en un pulso que perdían los dos todos los días: nunca fueron otra cosa que artilleros, frontales y obstinados enemigos (las fuentes consultadas no se ponen de acuerdo en ciertos aspectos del suplicio). Pero sabemos que lloraban y reían representando en su histeria shakesperianos príncipes a lo Fofo y Miliquito, que tenían una chispa de posguerra a lo Gila, un aquel de Cantinflas, que de Charlos y Keaton no supieron, se olvidaron de Tip y Coll, y llegaron tarde para conocer a Encarna Martes Trece. El bello ornamento a «Los amantes de Orbajosa» se lo cede esta villa a título póstumo para despejar la incógnita de sus intimidades, aprovechar la singularidad alcanzada por sus hijos más ilustres allende los mares en la crónica de sucesos y para mayor gloria de la casa consistorial sufragada por el erario público. (Consta en Acta la protesta del Concejal de Riego Sr. Fulgencio Regúlez). Lo que les mataba dentro es una adivinanza enajenada para ambos que nunca se expresaron en la soberbia de quedar siempre por encima uno del otro, -y no precisamente en el sentido bíblico, que la debilidad de la carne fue el único extremo en el que de mutuo acuerdo no cayeron en una percepción muy española de la honra que debería reconducir a los orbajeros tan proclives a agotarse en solitarios recovecos celosísimos-. Sus devaneos destemplados, sus castrenses evoluciones, fueron noticias muy comentadas, sólo interpretadas con tristeza por los menos y con gozosa bellaquería por los más en el sentir propio del racial temperamento enraizado en el sedimento dictatorial, que esta despareja cuyo laborar no tuvo la humildad de los bueyes que tiran del carro del esfuerzo conjunto, lo provocaba todo excepto indiferencia y ya se sabe el dicho: «Cucufrato, a tu loro». Pero a ambos incumbe la responsabilidad en exclusiva de ser desertores de sus noches perdidas y sólo a su propia negación se debe su templanza, la irritación constante y el aspaviento de sus furias. De sabios jurisconsultos es el dictamen clarísimo, unido al de los más célebres psiquiatras egabrenses, de que si se hubieran arrancado los pantalones y la falda con la misma velocidad y saña ciega que la fama recíproca y los primos respectivos, otro gallo les cantara, y nadie les quitaría en esta hora de duelo el débito porque «disfruten los cristianos lo que habrán de comerse los gusanos del pudridero húmedo» (LP, 139876). Mas nos recuerda nuestro querido párroco don Abundio Faluega que 'es en el amor conyugal donde ha de hacerse un honesto uso del matrimonio, en el que la castidad, flor más granada que el loco deseo y el libertinaje de dar rienda suelta a los instintos animales, -señores y señoras, jovenes y jovencitas, nenes y nenas-, también es bienvenida'.» (Continuará)

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