Gente de aquí y de allá | Paseíllo a la puerta del hospital
Disección en directo
Una maraña de periodistas presencia la salida del hospital de la tonadillera Rocío Jurado, que sufrió una operación de diez horas y media y estuvo 21 días ingresada por una dolencia sil
Dicen que la de Chipiona siempre canta en directo. Siente en directo. Habla en directo. Y así toda su vida, siempre en directo. Su salida del hospital, tras 21 días ingresada por una enfermedad no se sabe cuál que todo el mundo sospecha, no podía ser menos. En riguroso directo. Fotógrafos, periodistas, televisiones, radios, agencias y paparachis , por decenas, contaron ayer el gran acontecimiento: el paseíllo de Rocío Jurado, una mujer apodada «la más grande», desde la puerta del centro médico Montepríncipe de Madrid hasta el automóvil conducido por su marido, el torero José Ortega Cano, que encontró arrestos para mantenerla apuntalada de pie y luego conducir el coche hasta la casa de la Moraleja. Que no se diga. Y decir, no se ha dejado de decir desde hace tres semanas justas. Que si sí, que si sí y que si sí. Sólo la familia que no. Y ayer, la de Chipiona, como una estrella, melena al viento, gafas de sol, sonrisa rígida, se presentó ante su público, y ante el que no lo es, para, paradójicamente, pasar el gran examen médico después de haber estado en el quirófano diez horas y media, siete días en una UCI y el resto en una Unidad de Cuidados Intermedios, una cosa desconocida para los usuarios de los servicios sanitarios públicos pero que da mala espina. Vaya, que no es como estar ya en una habitación. El diagnóstico fue unánime. No fue precisa una segunda opinión. La tonadillera no está en su mejor momento. La habrán peinado, maquillado, vestido con túnica y pantalones rosa, hecho la manicura y todo lo que se quiera, pero la Jurado no pudo articular palabra (y no por la emoción, que sí, que también tenía) y apenas se sostenía en pie. De lazarillos le hacían su hermano y representante Amador Mohedano (encargado durante esta larga convalecencia de convencer al respetable de que no pasa nada), su hija Rocío Carrasco, antes conocida por Rociíto (encargada de poner la sonrisa de no pasa nada) y su marido, el matador Ortega Cano, (que puso, con su cara de poema, las cosas en su sitio) que, por voluntad propia, permaneció ingresado junto a la artista todos estos días y que parecía el mismísimo enfermo, como contagiado, como absorbido por la voz ( aunque ayer no se escuchara más que en un susurro un «gracias a todos»), como arrastrado por una ola de postración y congoja. Mortales al fin. La artista, como había prometido su marido, no salió por el garaje sino por la puerta grande sesenta y pico minutos después de lo previsto, ni más ni menos que la taurina hora de las cinco de la tarde. Un país entero sin siesta, señor. Salió, posó y no cobró. Dicen que hablará en una rueda de prensa. En riguroso directo.