VENTANA ABIERTA

¡Es la política exterior, estúpido!

Publicado por
ANTONIO PAPELL
León

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LOS ATENTADOS del 11 de septiembre del 2001 provocaron en Estados Unidos, además de una gran convulsión que todavía no se ha mitigado, profundos cambios intelectuales. Puede decirse con fundamento que la sociedad de aquel gran país, volcada introspectivamente sobre sí misma y atenta apenas a los parámetros que miden el bienestar, ha terminado comprendiendo que su destino está vinculado al de la comunidad internacional, por lo que se ha abierto claramente hacia el exterior. Todavía en tiempos de Clinton, las elecciones se ganaban o se perdían en el terreno económico. Se ha hecho célebre la anécdota protagonizada en 1992 por James Carville, consejero estrella de Bill Clinton, cuando interpeló a un antagonista con la famosa frase «It's the economy, stupid!». Con ella explicaba el éxito de la campaña presidencial de quien después mantendría durante ocho años el crecimiento económico norteamericano de forma ininterrumpida. Pero ahora la situación es muy distinta, como parece indicar la última encuesta del prestigioso Pew Research Center según la cual los norteamericanos, por primera vez desde Vietnam, han colocado en la cima de sus preocupaciones la política exterior. He aquí algunos datos: en el pasado mes de julio, el 46% de los ciudadanos de ese país creía que la política exterior y el terrorismo son los problemas más importantes a los que los Estados Unidos deben hacer frente, y tan sólo el 26% otorgaba la primacía a la economía (en enero pasado, ya se apuntaba tenuemente esta proporción: los porcentajes eran, respectivamente, el 37 y el 35%). Asimismo, el 49% piensa que Norteamérica debería tomar más en cuenta los intereses de sus aliados, frente al 37% que opina lo contrario. Y, en efecto, Kerry ya ha comenzado a explotar este filón: ha criticado con dureza la decisión unilateral de Bush de retirar parte de las tropas norteamericanas estacionadas en el extranjero. De hecho, Bush se encuentra en una delicada situación ante el electorado en los dos ámbitos mencionados, el económico y el de la política exterior. Si en el terreno de la socioeconomía pasará a la historia como el primer presidente desde Herbert Hoover y la Gran Depresión de 1932 que no ha conseguido incrementar a lo largo de su mandato la tasa de empleo -hoy hay en Norteamérica 1,12 millones de empleos menos que hace cuatro años, a pesar del fuerte crecimiento de la economía-, en el campo de la política exterior tampoco goza de gran prestigio: el 52% de los norteamericanos desaprueba su ejecutoria internacional y el 58% la considera poco clara. La lógica de las tendencias apuntadas parece indicar que Kerry tiene grandes oportunidades de desplazar a Bush y a su reaccionario equipo de colaboradores, que representan apenas una fracción desacreditada de la derecha norteamericana; sin embargo, aunque no se produzca la alternancia, es ya claro que quien rija los destinos de los Estados Unidos en el próximo cuatrienio tendrá que regresar más o menos abiertamente al multilateralismo, por convicción o por presión de la ciudadanía. Quienes en Europa han apostado por respaldar a la gran potencia en sus derivas excéntricas, en su hostilidad a Naciones Unidas, en su visionaria y errática lucha antiterrorista contra enemigos imaginarios -los reales siguen en libertad y han salido fortalecidos de la guerra de Irak- se sentirán traicionados y en ridículo. Por el contrario, los países de la Vieja Europa que se han mantenido firmemente a favor de una comunidad internacional organizada multilateralmente en torno del Derecho y de la diplomacia, terminarán constatando lo acertado de su resistencias frente a las veleidades de ese personaje primitivo que tuvo incluso que realizar inconfesables marrullerías con los votos para conseguir la Casa Blanca.

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