CRÉMER CONTRA CRÉMER
Un billete de 500 euros
QUIZÁ SEA obligado advertir las especiales circunstancias que concurren en el caso, antes de exponerlo no tan solo para general conocimiento sino sobre todo para análisis y doctrina del momento social en el cual nos está tocando vivir; quisiera, por tanto declarar que yo nunca tuve en mis manos un billete de quinientos euros. Conocía anécdotas sobre su existencia, como por ejemplo la de que se parecía al promotor de los alborotos desde las cuevas de Afganistán en que todo el mundo habla de él, pero nadie le había visto. Cuando, por uno de esos accidentes milagrosos por los cuales a veces le suele caer el premio gordo de la Lotería de Navidad a un pobre, se produce, o al menos a mí me parece percibirlo, una especie de temblor del grado seis del sistema Ritcher y se supone que al infeliz afortunado se le planteará así que tiene en su poder el documento contable, una profunda crisis mística, sospechando que el prodigio se pudiera deber precisamente a la necesidad y que por una sola vez y sin que sirva de ejemplo para sucesivos prodigios, el Sumo Hacedor ha considerado las exigencias de los menesterosos antes que limosnerías de los opulentos. Bueno, pues a lo que quería llegar, que es que hablando de dineros me pierdo, es que cuando me cayó del cielo aquel billete de quinientos euros, que es toda una fortuna, lo primero que se me ocurrió fue pensar en cómo debía gastarlo. Porque dígase lo que se quiera y sin entrar en consideraciones éticas ni estéticas, desde que se han inventado las transferencias mediante cartulinas y operaciones bancarias a lo Pinochet, un billete, aunque sea de quinientos euros parece una forma económica tan pasada de moda que nadie lo usa, los unos porque lo que manejan ya no son dineros reales y los otros porque lo que disponen no tiene ni categoría ni valor equivalente alguno. Sobre todo cuando el portador anda por el mundo con un billetazo de 500 euros. En vista de lo tal y de lo cual, los graves, provos e influyentes señores de las finanzas, de los dineros y de las economías, han pensado suprimir billetes como ese y como otros, que de verdad, de verdad, no sirven para nada. Y si no, respóndase usted mismo: ¿Ha tenido alguna vez en su mano un billete de 500 euros? Y en el supuesto de que, por algún accidente efectivamente le haya sido posible disponer en algún momento de un documento bancario de uso legal por cuantía tan desaforada, ¿le ha sido posible manejarlo airosamente, como por ejemplo un billetito de cinco euros? Seguro que no, porque si se le ocurre intentar el pago del cafetito del medio día poniendo sobre el mostrador, un billete de 500 euros, lo más seguro es que le retiren el café considerando que la demostración de prepotencia que el tal billete representan, es un insulto grave. Claro que también me replican los interlocutores a los cuales acudo con mis dudas, que a lo que debieran llegar los estadistas, los economistas y los transformistas no es a retirar billetes de tal o cual cotización, sino a que el hombrecín de la gleba, el hombre de la calle y la mujer de su casa, pueden disponer de medios que les permitan acercarse a los artículos de primera, de segunda y aún de tercera necesidad, sin tener que encomendarse a los santos de su predilección. No se trata de que los afortunados reduzcan sus niveles de vida, sino que los menos dotados por la suerte tengan acceso al billete de 500 euros.