Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Las madres nunca mueren

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VICTORIANO CRÉMER
León

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SE HA muerto. No parecía sino que ya no tenía nada que hacer en el mundo y decidió dejarse morir. Conocía los efectos de la muerte, porque era viuda de Suárez-Valgrande, un hombre grande, poderoso y cordial... Pero doña Carmen González, después de depositar sobre la tierra hijos de la arquitectura moral y profesional de José María, de María del Carmen, de Fernando y de Consuelo, siguió viviendo, o si se prefiere, como el soldado de Vallejo, siguió muriendo. Porque a veces al ser humano no le queda sino morir. Pero sin ceder nunca, sin doblarse al viento del favor o de la ambición. Vivió toda la parte más dramática de la Historia de España, como se viven estas contingencias: viviendo, siendo, sintiéndose parte de la aventura del mundo. Y cuando en España no parecía natural que se ejerciera de ángel tutelar, doña María lo fue, como acabaron por serlo sus hijos. Y practicó, sin exhibicionismos, silenciosamente, la gran virtud cristiana y democrática, de atender al hombre desalentado y perdido, como si esta fuera la consigna real de la vida, cuando por desgracia se imponían otras maneras de entender las relaciones, los entendimientos y los sentimientos. A través de la biografía de esta mujer por muchas razones ejemplar, podría muy bien tejerse el gran tapiz de la España en sus momentos de mayor angustia, de más sensibles ausencias, de más torpes azares. Pero aquella mujer, tan entera y verdadera, tan sufridora y al mismo tiempo tan caritativa se entregó a la rumia de sus propios recuerdos y el cuidado de los hijos, envueltos a veces en fragores políticos de difícil entendimiento, pero en los cuales siempre tuvieron, los unos y los otros, como sus padres, como aquella madre tan duradera, una intervención humana que les salvaba de todo mal: Doña María Carmen González, viuda de Suárez-Valgrande y madre de hijos tan vinculados a León y sus gentes, a León y sus demandas históricas pero sobre todo a León y su antiguo sentimiento de la justicia, que en defecto de la torpeza de los hombres manda hacer el dios de la paz y de la libertad. No estoy componiendo frases, sino proclamando la muerte de una madre digna de ser alabada. Porque si todas las madres son necesarias, sucede que a veces, la providencia decide que unas madres duren más que otras, porque son más que necesarias imprescindibles. Doña María lo era. Y la sospecho, observando desde sus glorias la peripecia de sus hijos, y preguntándose angustiosamente: «¿Qué harán sin mí allá abajo?». Cuando transcurre el tiempo que los dioses tienen destinado para enjugar las lágrimas humanas nos quedará a los supervivientes el recuerdo y la visión de aquella figura tan de un solo trazo, tan serena y digna que murió un día del mes de septiembre, con la luz de la primavera adelgazada por los primeros vientos, cumplido ya su deber de madre. ¡Es triste, bien lo sabemos, que esto suceda cuando más necesitamos de una madre, es triste, pero, compañeros del alma compañeros, las madres también mueren!

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