Diario de León
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ANTONIO CASADO
León

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A MARIANO Rajoy le han puesto una estatua de sal en el camino hacia la consolidación de su liderazgo. Eso es lo que representa la figura póstuma de José María Aznar, petrificado de tanto mirar hacia atrás con ira, sin advertir que su discurso está desahuciado por los hechos. Es el discurso de la deslegitimación del triunfo socialista en las elecciones del 14 de marzo. Lo llevará a la comisión del 11-M pocos días después del congreso nacional del PP, en el que Rajoy piensa fletar un proyecto de retorno al centro como única vía de recuperación del poder. Pero corre el riesgo de que la reaparición político-mediática de Aznar funcione como elemento reactivador del sector duro del PP, el que sigue sin digerir la derrota electoral en las generales. Dicho sector está feliz con el protagonismo del ex presidente del Gobierno. Pero no debiera estarlo tanto sabiendo que ese protagonismo ha sido hábilmente alentado por los socialistas. Por algo será. El único que parece haberse dado cuenta es Mariano Rajoy. La prepotencia de ayer es la impotencia de hoy. Una pequeña parte de los dirigentes del PP no acaban de enterarse de que las reglas del juego ya no les favorecen. Siguen creyendo que Aznar todavía es capaz de derribar los muros del poder socialista con unas trompetas averiadas. Su instrumental, sobrevenido, interesado requerimiento para la comparecencia de Zapatero es otra prueba de su patética desorientación. Han vuelto a caer en la trampa. El presidente del Gobierno se ha permitido la chulería de decir que irá si le llaman sabiendo que eso no va a ocurrir. Y si ocurriera, peor para el PP porque, naturalmente, jugaría con la ventaja de intervenir después de Aznar. Las dos hipótesis son malas para Rajoy, sobre cuya testa ronda el fantasma del «almunismo» desde que, habiendo sido nombrado de aquella manera para ser jefe del Gobierno, terminó siendo jefe de la oposición. Y mucho más desde que, en plena operación para conquistar en un congreso la legitimidad de origen, empieza a tambalearse la legitimidad de ejercicio. Se tambalea desde el día en que se mostró francamente contrariado por el llamamiento de Aznar a la comisión mientras que el ex presidente se mostraba «encantado» de poder lavar su imagen en sede parlamentaria. Qué iluso.

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