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LUIS ARTIGUE
León

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LA NORMALIDAD social necesita una norma. Por eso esa anunciada ley que «visibiliza» el matrimonio de parejas homosexuales y equipara sus derechos civiles al del resto de mortales supone una apuesta decidida en favor de la libertad y la igualdad, y en contra de la hipocresía. Sí, la homosexualidad es una realidad innegable en este país, como en cualquier otro, y el hecho de que la actual legislación ampare a dicha realidad elimina pasado de nuestro presente, nos hace saber que en esta sociedad cabemos todos y promueve el respeto. Se está promoviendo un debate -más mediático que callejero- en torno al matrimonio de parejas homosexuales y a la adopción de hijos por parte de esas parejas. Y se trata, creemos, de un debate algo anacrónico, claramente instigado por la jerarquía católica y muy similar a aquel otro que se suscitó cuando se decidió sacar adelante la ley del divorcio. Actualmente ya la ley del divorcio ha sido aceptada sin ambages por la ciudadanía como un instrumento jurídico que va a favor del matrimonio y nunca en contra, pues promueve la satisfación conyugal, y no la resiganación. Del mismo modo seguro que la ley que ahora echa a andar será aceptada mayoritariamente como un acto de justicia social, y como un síntoma de modernidad. En un mundo diverso y homogenia también la familia resulta cada vez más diversa y momogénea, claro, y defender en este tema la tradición a ciegas se parece algo a apostar por el inmovilismo y tratar de ralentizar el tiempo o el viento. Puede parecer que el contenido de esta ley incumbe tan solo a los gays y lesbianas, pero lo cierto es que nos afecta a todos nosotros. Ya pasó el tiempo en el que los estamentos religiosos podían imponer sus creencias, preceptos y opiniones al convertrirlos en leyes. Ahora, en esta era de la democracia laica y la libertad individual, estar a favor del matromonjhio de las parejas homosexuales tiene algo, en mi opinión, de apuesta por la libertad de acción y opción de cada individuo, y de superación de prejuicios caducos. Vive y deja viovir. El amor sentido y con sentido siempre es lícito, y ha de ser legal. Estamos pues a favor de esta ley los que estamos en contra de la discriminación, y al lado de la integración y la felicidad de todos. La homosexualidad en este país, como en todos, se ha visto rodeada de un halo de malditismo y de eterno presente que, ahora, esta ley contribuirá a superar. Así intentaremos conseguir que aquí cada uno sea lo que es y no lo que debe ser, y de ese modo nos eliminaremos hipocresía, sufrimiento, dogmatismo y prejuicios nocivos. A muchos nos parece normal y hasta pertinente que la Iglesia Católica aconseje moralmente a sus fieles, pero de ningún modo pueden hacerse extensivos esos consejos al legislador y, mediante él, a todos los ciudadanos. De ser así nos hallaríamos ante un intervencionismo intolerable en esta democracia parlamentaria y laica que nos acoje, y frecuentemente nos encoje. LLama poderosamente la atención ahora como los partidos políticos de izquierda sacan adelantre una ley como ésta, -que bien parece una deuda histórica para con el colectivo gay-, mientras los partidos políticos de derecha, un tanto avergonzados de sí mismos, critican taxativamente esa ley pero no encuentran argumentos contra ella. Curioso. Tenía razón Groucho Marx: «Dicen que la política hace extraños compañeros de cama... No, no los hace la política, sino el matrimonio». 1397124194

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