Diario de León
Publicado por
ROSA VILLACASTÍN
León

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EL SUICIDIO de Jokin, el adolescente de Hondarribia (Guipúzcoa), no es un caso aislado pero sí el que ha hecho saltar todas las alarmas sociales, familiares y educativas por la complejidad del suceso. Que un grupo de adolescentes maltrate y acose a un compañero de colegio, durante tanto tiempo y con tanta saña, debería hacernos recapacitar no sólo sobre lo que está pasando en las aulas, sino sobre lo que estamos haciendo mal sus mayores para que sucesos como este tengan lugar en sociedades tan avanzadas como la nuestra. No tiene justificación que nadie, ni familiares, ni profesores, ni amigos, se dieran cuenta del sufrimiento de un chaval de quince años al que la humillación y el dolor le estaban matando de pena y vergüenza. Dicen los psicólogos infantiles que este no es un caso aislado y que se repite con más frecuencia de la que pensamos, especialmente porque la crueldad de los niños es algo que está socialmente aceptado. Dicho esto, todos ellos insisten en la necesidad de que los padres presten más atención a sus hijos, pasen más tiempo con ellos, y se preocupen de saber qué piensan y qué hacen mientras están en el colegio o jugando con los amigos. Dejar su educación y formación en manos de los profesores es cómodo pero irresponsable. Un hijo es algo más que un juguete. Un hijo requiere muchos sacrificios, mucha dedicación, mucha psicología. Se quejan los educadores y con razón de que hay padres que depositan a sus hijos en la escuela como quien deposita un paquete. Y lo peor es que cuando estos vuelven a casa apenas si disponen de tiempo para dialogar con ellos, de ahí que en demasiadas ocasiones se comporten como desconocidos. Es difícil imaginar lo que sentirían esos padres cuando les llaman del colegio para decirles que su pequeño es un maltratador, tan cruel como para que un compañero haya tenido que optar por el suicidio antes de por seguir viviendo. Si el drama que están viviendo en casa del joven suicida es tremendo no es menor el que viven los padres de los inductores al suicidio de Jokin. Lo que hay que pedir ahora es que lo sucedido sirva para que sucesos como este no se vuelvan a repetir. Y para que los padres y los educadores presten más atención a lo que ocurre a su alrededor.

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