CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los viejos son un negocio
LOS VIEJOS son muchas otras cosas además de un negocio a la vista. Por ejemplo, pueden ser modelos de ejemplaridad. Cuando los mundos se regían más o menos por la sabiduría emanada de la experiencia de los ancianos, parece ser que las cosas se sucedían con menos sobresaltos que ahora. Había, sí, guerras, grandes y pequeñas, porque el ser humano, el hombre y la amazona eran y son seres para la guerra, pero en sus planificaciones, en sus estrategias, se tendía generalmente a respetar a los ancianos, sosteniéndoles cuando ya no podían con el alma, que se decía. Naturalmente, dado que todo cambia y que nada permanece inmutable, la venerable figura del anciano se ha convertido en un motivo de general preocupación para los gobernantes y sobre todo para los gobernados de baja calificación social: Un pensionista corriente y moliente pertenece a la especie más débil de la sociedad y está condenado a andar por el mundo a rastras. Millones de viejos, de ancianitos, de seres de la tercera y de la cuarta edad andan por el mundo esperando que la Providencia les eche una mano antes de que puedan morirse de un aire a la puerta de un banco o de una catedral. Convencidos de que esta es una de las herejías del régimen democrático y cristiano, los responsables inventan refugios para almacenar viejos o montan el tinglado de los viajes de otoño (Inserso) para que los ancianos no se desesperen. ¡Aleluya! Cierto es que los gobernantes de todos los colores, de todos los sexos, construyen más cárceles y campos deportivos, que residencias para el acogimiento de los viejecitos, pero ¡lo que vamos a hacer! El mundo es como es y como decía Evaristóteles, «los viejos son una lata». En estas reflexiones andaba yo al final de la primavera, cuando el periódico de cada día me informa que una Empresa se dispone a abrir una residencia para ancianos. ¡Aleluya de nuevo! En León, que es tierra de muchos y muy resistentes viejos, existen Centros de Acogida muy dignos de admiración. No cito los que conozco porque no se sienta desdeñado aquel que se me escape en la relación, pero sé que estos lugares tan demandados, tan importantes, tan necesarios, no cubren la misión benemérita para lo que debieran estar llamados. No son recintos para acogimientos caritativos, sino centros de explotación. Un anciano, si pretende cubrir su futuro de un modo racionalmente decente, tiene que disponer de unos caudales de muchos euros. También existen algunos montajes de menor cuantía, pero estos ya no cuidan de los viejos como si fueran millonarios, sino como ancianos pendientes de la caridad. Aseguran los que ya tienen dolorosa experiencia, que las llamadas Residencias para ancianos son caras, carísimas, y pretender ocupar una plaza de las destinadas a viejecitos sin fortuna, es una utopía. Si estas apelaciones que escribimos para general conocimiento y debidos efectos fueran recogidas y anotadas en los programas políticos, posiblemente los dineros en vez de escurrirse misteriosamente hacia el mar, que es el morir, prestarían más atención a esa necesidad social de verdad que es la disposición de Centros de acogida para viejos, en los cuales no fueran considerados como dolientes necesitados de la atención de los poderosos y de los gobernantes, sino como seres humanos que al final de la vida se han hecho acreedores a los máximos cuidados de los hijos, de los nietos, de la sociedad. ¿O no? 1397124194