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FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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LA MODA VIENE ya de lejos pero ahora se renueva y adquiere mayor vigor. La caspa ha perdido prestigio en nuestra sociedad y el casposo sería un ser lleno de prejuicios tontos, inculto, ridículo, desacreditado. Incluso feo. Llamar a alguien casposo es hoy un insulto. Se impone salir al paso de esta tergiversación y reivindicar la caspa como lo que es: una simple afección de la piel. Con la dignidad de cualquier otra dolencia. Los dermátologos podrían explicarnos las enfermedades que puede sufrir la piel y cómo todas ellas son tratadas con la máxima consideración y pudibundez por parte de la ciudadanía, que o no habla de ellas o lo hace con prudencia y por supuesto sin dar tres cuartos al pregonero. Cuando alguien padece un herpe no se le zahiere y nadie en sus cabales le identifica con un ser anticuado o reaccionario. Porque se respeta al herpético, en su dignidad y en su grandeza, que también la tiene. Y lo mismo cabe decir de la pelagra o de la varicela. El seborreico, por su parte, es objeto de los más finos miramientos y nadie osa afearle en la cara el exceso de grasa en lugares comprometidos que la seborrea comporta. Se trata como vemos de achaques que cada uno arrastra como puede sin que sea honesto convertirlos en causa de desdoro. Algunos de ellos tienen incluso buena prensa como ocurre con los pecosos pues una pecosa es normalmente una niña considerada como agraciada. Yo conocí a una pecosa adorable que tenía el alma como un nido de golondrinas pizpiretas. Y por ella es probable que me viniera el respeto a estas manchas. Lo contrario ocurre con la caspa. Un caso este que solo se puede comparar al de las verrugas que han sido utilizadas algunas veces en la historia de España a modo de ofensa, como ocurrió con don Manuel Azaña a quien se conocía como «el verrugas» porque es bien cierto que las tenía abigarradas y dispuestas como en franco desafío. Pero Azaña nunca trató de pasar por hermoso ni por dandy y, además, ya se sabe que se convirtió en impune blanco de las personas de derechas en los años 30 que no perdonaron nunca que un político fuera un señor de lecturas y pudiera escribir libros sobre asuntos enrevesados. Sin darse cuenta de que en el pecado llevaba la penitencia porque nadie los leyó. Pero volvamos a la caspa y a su deshonor. Y volvamos a su vindicación. Porque la caspa para mí es una especie de muceta que lucen los pensadores despistados y los sabios ajenos al mundo. Es de color blanco porque blanca es su inocencia de investigadores y, cuando es abundante, se convierte en un tupido manto que asemeja a la nieve, de tanto prestigio. Ahora que se ve a tanta gente con el pañuelo que usaba Arafat, resulta que ese otro manto, representado por una constelación nívea, es el colmo de lo antiguo y lo trasnochado. La caspa, al ser muceta, tiene algo de título, de rango. Estamos ante una senal de distinción, una suerte de atributo o insignia. El símbolo de la fecunda despreocupación. Y de la misma forma que se entrega al doctor los guantes de la ciencia o al obispo un anillo habría que entregar al intelectual fecundo un saquito con caspa para que lo espolvoreara con gracia sobre sus hombros, si él careciera de la suya. Y se debería heredar como se heredan los derechos de autor y de patentes. Quienes admiramos a Antonio Machado le admiramos por sus versos. Pero le admiramos más por su caspa, porque el poeta supo convertir esta enfermedad cutánea hoy tan maltratada en obra de arte. O en una especie de objeto litúrgico, lleno de significados y signficantes. El joven atiborrado de rimas y métrica que se acercaba a don Antonio quería palpar al maestro y quería saber si su caspa era auténtica o artificial o prestada por algún otro vate, su hermano Manuel por ejemplo, que si no tenía caspa era porque tuvo que conformarse con tener el «alma de nardo del árabe español». Un respeto pues para la caspa, toquilla para abrigar razones.

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