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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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NOS encanta eso de vivir de las rentas que nos dejaron nuestros antepasados. Eso nos ofrece un margen para la comodidad. Hay partidos políticos que se ufanan de la honradez de todos los militantes que los han precedido a lo largo de los años, pero la honradez de sus actuales militantes brilla por su ausencia. Hay universidades que muestran con orgullo la categoría científica de los antiguos maestros, pero a los actuales parece que no se les ha contagiado aquel amor a la verdad. Hay congregaciones religiosas que se glorían de la santidad de sus fundadores, pero sus miembros actuales no parecen haber aprendido aquellos buenos ejemplos. Bueno, todos nosotros presumimos de la noble historia de nuestra ciudad, pero casi nunca nos preocupamos por ser ciudadanos reconocibles por nuestra nobleza. Apelar a la grandeza de nuestros padres es legítimo. Más aún: es un gesto digno de personas agradecidas. Con tal de que su memoria no nos sirva para justificar nuestra falta de responsabilidad. Los hijos de Abraham Todo esto viene a propósito del evangelio de hoy (Mt 3,1-12). Dice que Juan Bautista increpaba vigorosamente a los fariseos y saduceos. Los invitaba a convertirse. Los primeros tenían que cambiar para hacer de su vida un homenaje al espíritu de la Ley del Señor que siempre tenían en su boca. Y los otros habrían de cambiar para que sus acciones fueran más santas que los sacrificios que ofrecían en el Templo de Jerusalén. Pero unos y otros se escudaban en su linaje. «Ya tenemos por padre a Abraham». Esa era su excusa, a juzgar por la interpelación que el Bautista les dirige. Se equivocaban. Habían heredado la sangre de Abraham, pero no la limpieza de su fe. Se creían justificados por ser descendientes del antiguo patriarca, pero no lo imitaban con su vida. Por eso, el Bautista les gritaba: «Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras». Con esa frase anunciaba un Dios diferente al que ellos imaginaban. Además, criticaba su falsa seguridad y su orgullo falsamente religioso. Y por fin, indicaba que los privilegios de su raza y de su fe estaban a punto de abrirse a todos los pueblos. Los buenos frutos El discurso de Juan no terminaba con esa confesión del poder de Dios. Sus exhortaciones se expresaban en forma de recios imperativos que resuenan todavía en los oídos del creyente: o «Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos». Arrepentirse. Cambiar la escala de valores. Nacer a un nuevo estilo de vida. Todo eso es la conversión. Su motivación no es el deseo de aparentar, sino la cercanía de Dios. ¿ «Preparad el camino del Señor». Abandonar los malos hábitos contraídos. Replantearse el estilo de la propia vida. Organizar la sociedad a la que se pertenece. Todo eso contribuye a hacer posible la llegada del Mesías y a hacer creíble su mensaje. ¿ «Dad el fruto que pide la conversión». Vivir pendientes de la voluntad de Dios. Reconocer en el otro el rostro de un hermano. Amar la verdad por encima de todo. Esos son algunos de los frutos que produce la conversión del corazón. - Padre nuestro, tú conoces los pliegues más escondidos de nuestro corazón. Cámbialo tú con tu gracia para que vivamos la sinceridad de la fe y aceptemos responsablemente sus consecuencias. Por Jesucristo, el Señor al que esperamos. Amén.

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