LA GAVETA
Grandes leonesistas
HACE AÑOS, cuando vivía un entrañable y voluntarioso editor leonés, le propuse trabajar en un diccionario del leonesismo. El proyecto, surgido entre inviernos y vinos, no pasó de un sueño de tantos. Pero algo escribí, algo perpetré entonces, y ahora, resumido y parcial, viene a dar en estas páginas. Se trata de biografías muy leves, todas de personas que amaron mucho a León. Algunas viven por cierto, y entre ellas, sin duda, también hay quien ama a León de un modo raro. Álvarez Sigüeya, Andrés (San Pedro de Trones, 1911-Vega de Infanzones, 1985). Sacerdote. Cambió su diócesis natural, que era la de Astorga, por la de León, algo muy complicado según el derecho canónico, pero él lo justificó siempre,pues quería sentir «a Dios y a León juntos, en toda su profundidad». Ello, al parecer, sólo podía ocurrir «en el obispado que rige la catedral más blanca». Barco Gómez, Ceferino (León, 1943). Quiso buscar el origen de la «leoneidad», su misterio más profundo, y se fue al monte con muchos libros y cuadernos. Vivió en varias aldeas y en la actualidad lo hace en el municipio de Riello, la tierra de sus mayores. Barco Gómez, que se financia con la renta de dos pisos que heredó en León, ya tiene demostrado que el corazón de la provincia oscila entre Omaña y la Valduerna. No precisa más. Campelo Montoya, Lino (Cacabelos, 1921-Mairena del Alcor, 1987). Se dedicó a la quincallería e hizo vida de feriante gitano sin serlo del todo. Hombre sabio de los caminos, inventó un sentir de leonés aflamencado, y expuso esa teoría, a su modo, por los mercados y las tabernas. Quienes le escuchaban lo tuvieron por un hombre muy original y vivaz, incluso convincente. David Salomón, Saúl. (Casasuertes, 1919-León, 1967). Dueño de una frutería, que perdió por no saber atenderla. Triste por ello y después loco de dolor por lo mismo, pasó sus últimos años en el psiquiátrico de Santa Isabel escribiendo poemas a los Picos de Europa, que él tomó por los dioses ancestrales de los leoneses, aunque, curiosamente, no de los cántabros ni de los asturianos. Luna Fenar, Toribio-Isidoro (La Vid, 1907-La Urz, 1936). Oficinista. Uno de los primeros mártires del leonesismo. Murió en Villadangos, asesinado por las hordas azules. Colaboraba en revistas menores y en sus artículos defendía una Iberia nueva, integrada por Portugal, un León independiente y España. Martín Villaselán, José (Santa María del Monte de Cea, 1919-Cea, 1991). Abogado zurupeto que triunfó en Cea. Su afición por las leyes le llevó a inventar estatutos de autonomía. Solo para «León solo» se dice que redactó más de veinte. Núñez De La Polantera, Cristo-Jesús (Acebedo, 1901-Burón, 1961). Maestro de escuela, autor de una monumental «Historia de las Cosas Buenas de León que Otras Tierras Envidian», libro que editó mal y por su cuenta. 20 ejemplares a ciclostil. Porto Pérez, Ludivina (La Vecilla, 1876-Boñar, 1929). Poetisa y madre de familia. Desde jovencita tuvo un proyecto, que llegó a cumplir enteramente: hacerle un poema a cada pueblo de la provincia de León. A todos. Su marido, un rico ganadero, la acompañó siempre por las praderas. En tren a veces, a caballo casi siempre. Rodríguez De Federico, Juan María (Andarraso, 1950). Político leonés, maestro en lealtades muy confusas y en escapadas muy aparatosas. Suárbol García, Ramón (Güimil, 1892-Veracruz 1954). Comerciante. Fue muy amigo de exiliados vascos en México y profundizó por su cuenta en la etnografía leonesa. Un día, estando en Pátzcuaro, descubrió que las medidas del alma de los leoneses eran diferentes a todas las demás. Esta iluminación le vino después de llevar varios años buscando algo similar en lo relativo a las medidas del cráneo.