Diario de León
Pedro García Trapiello

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TODA NAVIDAD debe tener su cuento. Para lograr un buen cuento navideño sólo hay que echar un puñado de desdichas, un porrón de nieve, un chorrín de fantasía y una pizca de milagro. He de ensayar uno; lo tengo por costumbre y lo intento todas las navidades. Sale lo que sale. No es nada fácil. A ello me pongo. ¿Y qué contar?... Tiene que haber nieve, recuerda... Pues la nevada de ese año fue descomunal, nevaba carros. Tumbó el temporal dos metros sobre Tróbano de Sajambre. Paró toda vida enterrándola y enterrada quedó la gente en sus casas por cuatro días y cuatro noches. En la casa de Pompilio Vegabaño también están enterrados, pero sin dicha y sin despensa porque tiene Pompilio nada en esta vida, un trabajo de jornal que en nevadonas no cobra y una renta por pagar. Se casó con Doradía Suárez, nacida para esclava y para gastarla en casa. Pompilio la rescató del destino y la trajo medio raptada de unas invernales de ganado donde la tenían allá por encima de Sotres. Sólo tuvieron un hijo, Pergentino le puso el cura, Tinín a los efectos, cumplió doce hace tres meses, retaco para su edad, triste como un huérfano, listo como el hambre negra, por eso picardea la risa si Gerardo, el vecino, dicta su fórmula para sobrevellevar encierros bajo nieve, fórmula de las cuatro bes: brasero, bota, baraja y braga. Tinín se desasosiega sin poder salir de la cocina todo el día y reburdia y dice que quiere montar un belén como el de la escuela, pero no tiene figurita alguna, ni sanjosés ni vírgenes, ni bueyes ni pastores, sólo bichos de plástico y gichos del oeste que son botín de guaje apostado al tacón o a la taruca. Con ellos montará su belén. Sólo falta musgo y en esta montaña sobra, pero la nieve todo lo tapa y hay que subir ladera pindia a buscarlo en peña sin hielos. No vayas, Tinín, le ha dicho su madre, que la nieve está muy blanda; y Tinín, claro, se fue a lo alto, a la tragedia, pisó gran bisera de nieve colgada y parió un alud que le arrastró. Lo trajeron a casa medio muerto y aterido, fue resucitando entre mantas y friegas, le acostaron en su pequeño camastro y por su pequeña alcoba con tres velas encendidas ha ido pasando el pueblo a ver y a celebrar a este recién «nacido», así que aquello fue al fin un verdadero belén. Tinín entonces sonrió. Y su padre ha prometido partirle la cara cuando salga de esta.

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