GALOPANDO NUBES
Carlos Brigardello Radulescu El vigilante del desierto (y II)
CARLOS BRIGNARDELLO RADULESCU, «El vigilante del desierto», estaba escribiendo un diccionario de simbología prehispánica que le hubiera tomado «quizá dos lustros concluir». Y se internaba, en los espacios míticos a los que ya pertenece, al enigma en la intensa luz de sus exploraciones, investido de imprescindibles artilugios: gorro o sombrero, gafas oscuras, báculo, (además de borceguíes, mochila, navaja, GPS, pistola, largavistas, planos, sogas...) bajo el sol del trópico. Así aparecía embozado (y ensimismado) en las fotos recientes tan diferentes de aquellas del pasado (sonriente y descubierto, pletórico de vida) que se destruyeron en la inundación de mi biblioteca: yo le bromeaba calificando las nuevas de fotos «encubiertas». Lloré por mis libros perdidos -tantos que él me regaló subrayados para hacerme su cómplice- hasta que empecé a llorar por los seres queridos que así morían para mí dos veces al no poder encontrar su antiguo rastro en las cartas manuscritas ni en la consolación de las instantáneas anegadas que arrebató el azar: jamás pensé que esto atañería a Carlos, cuya tutela física creí inextinguible. Pero ya nunca le abrazaré. Ni podré releer aquellas maravillas (poemas-joya, cuartillas apretadas donde se sumaba a la pasión, la sensibilidad estética), que él me escribió, río torrencial, cuando firmaba «Chape». La máquina implacable de las imágenes compartidas, cegadoras y bellas, está en mi memoria golpeada por este pulso con remate de suertes de la muerte, ay, cuando se abre en mis tuétanos el abismo de la separación. Mientras, sus amigas le extrañan: Claudia y Gracia ordenan sus asuntos, Delia y Elena susurran mantras de la compasión: «Om-mani-padme-hum»; Serenella y Diana cuidan de su casa y sus perros (de su adorada «Pichuza»), Vivian calla; su queridísima hermana Lotta llora, huérfana desolada, lágrimas de plata en el malecón. Porque ya no le despertaremos con la oración ronca de Blanca Varela en este quebranto de su desaparición: «Si me escucharas / tu muerto y yo muerta de tí / si me escucharas.» De su libro Simbología prehispánica del paisaje, su maestro Arturo Jiménez Borja, -tras entenderlo «abundoso en belleza y conocimientos», «deleitoso viaje»-, subrayaba que Carlos Brigardello «dedica las páginas más hermosas y profundas al desierto» en una contemplación diseccionadora: «no creo que nadie lo haya tocado con tanta delicadeza». Miguel Torres M. lo clasifica en la categoría de los libros «que merecen ser entendidos». Ricardo Wiesse rememora al Carlos peripatético: «Los cerros Quebrada Tinajas aguardan para siempre a su empecinado visitante, cuyos ojos experimentados supieron detectar tantas huancas alineadas, altares y glifos en estos parajes calcinados. Un corazón enorme desafiaba mil, dos mil metros de cascajo vertical para encontrarse con un cántaro destrozado en la cumbre hace centurias...» Y vuela, polvo de leyenda, la palabra de Carlos en Paracas: «Paracas es un lugar distinto, alzado, donde el desierto recuerda el realce de una obra de arte entre contornos de mar; donde domina la riqueza cromática de las arcillas cremas y ocres, de los pórfidos, de las sombras malvas o violáceas proyectadas por los cerros sobre la amplitud clara, de las arenas grises, incluso negras, que sumada al azul profundo del mar, al celeste del cielo, al blancor hiriente de los salares y conchales arcaicos o al atenuado de los médanos, completan las irreales tonalidades del paisaje. Ahí la luz huidiza hace del color una fuga lenta, larga como el día, nutrida de matices de alborozo, al que la transgresión marina y el viento, al diluir las formas, añade el tacto de una piel vieja, a veces aglutinada, y ese carácter mental de alucinante interioridad...» Este hondo cariño prolongado en las metamorfosis del tiempo no puede ser amor que se resuelva sólo en impotencia y he de reciclarlo en amar todo lo que él quiso: su gente, sus paisajes, su legado, para que siga vivo. Iré a enfrentarme con su ausencia en el lugar donde reposa «Aquel peruano, Ciudadano del mundo». A toda la tierra de América, donde él yace, pido que cumpla la súplica de mi canto V en «Viaje americano»: «Cuida de que su rebosante humanidad / no se vuelque jamás desperdiciándose / en las esquinas de su incesante devenir.» Y envío besos vendavales, brasas de fuego, al insondable azul.