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PARTIDAZO el del domingo, pide crónica, fuera de casa y con nada de peña, jugando contra toda grada y contra los comegüevos croatas, emperadores del balonmano mundial, jodío equipo, gran armamento, zomba segura, y resultó un catapún, algo impensable, ni el más delirante lo hubiera soñado en noche curda y de atormentarse como la que siguió al triunfo, imagínate, los íkeres, los garraldas y los juanines de «alza el rabo León» en Túnez, noche mora que allí sí que confunde, pellizcándose para creerlo, sirve otros cacharros, samba, carnaval, carnaval, y los moros mirándoles en oblicuo por haber sido los verdugos de su selección, chúpate esa, ¿chupástete, ho, fíu?... Si fue castaña y monumental, fue merecida, narcosis triunfal que colocó a la selección en el umbral del orgasmo. Qué bien. Esas cosas se paladean una vez en la vida y uno lo sabe en ese mismo momento. Vimos el partido en casa, espectación, peña reducida, sentados en sofá o butacón, pero hacia adelante, al pie de la cascada de goles, brindando algo seguido por no tener siempre las manos ocupadas en frotarnos los ojos. Allí teníamos a uno de la FFSOES, Federación de Filósofos Sin Obra Escrita Siquiera (querido Fulgencio, tienes un día que conocer a Gelo, doctorado en el campus de Las Regueras, palpador de orillas, presas y prietas, experto en golondrinas de barra y gaviluchos de acecho, inflasentencias cabal y por derecho). Gelo siempre anda averiguando: Ya, ¿y las mujeres de los croatas, cómo se llaman?, preguntó. Nos planchó. Sentenció: croatíes. ¿Cómo? Croatíes. Nos esgüevamos y hubo rejo, pero nadie supo replicarle. Quede sentada, pues, señores académicos, la palabra: croatíes, paisanas de los croatas. Y siguió el partido con una diferencia en el marcador que superaba lo imaginable y rayaba lo insultante. Y más brindis. Casi nos mamamos. Balonmano total. La enclopedia entera de este deporte se vió allí, todas sus suertes, pases y astucias, menos ese alijup al lateral que tanto chifla a orientales, y paqué, allí estaba Juanín sacando el catálogo y aplicando el código. Si no le dan esta vez el título de mejor jugador del mundo, me la corto ante notario, mi coleta. Después, en resaca vencedora, me acordé de la primera cancha en que jugué a balonmano, la misma que conoció Manolo Cadenas. Era de tierra pisada y grijo suelto, antigua viña.

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