LA GAVETA
A todo color
AHORA QUE SE VA A CASAR EL PRÍNCIPE Carlos con su amor de siempre, la Camilla de siempre, la amante de siempre, la mujer de nunca, aunque ya pronto la esposa legal, ahora digo, cuando las revistas del corazón están a punto de hacer su agosto (ese agosto de cada mes), me acuerdo de cuando el papel «couché» llegaba a Ponferrada y yo era un niño. Un niño al que le gustaba mucho mirar a Carolina, la princesa de Mónaco, más niña que yo, tres años por el medio; y tantos siglos después lo cierto es que me sigue gustando mirarla, siempre la tuve por la princesa de las princesas, la novia que me hubiera gustado tener (¡y a quien no!) aunque ahora ya no la quiero de novia porque sería lamentable competir con un tumultuoso alemán. Ahora lo que quiero es volver a aquellos colorines que llegaban a la Ponferrada del carbón y de las putas blanquísimas. Rojo y amarillo sobre el negro minero. Azul y verde sobre el gris de la vida en tiempos del general Franco, aquel tirano que a veces también salía en las revistas. Cazando o pescando, siempre acabando con alguien. Mi madre compraba pocas revistas, prefería destinar ese dinero a nuestros cuentos, pero algunas llegaban a casa, yo creo que bastantes incluso, porque entonces iban de unos hogares a otros, no sé si mi madre compraba una, y mi tía Loly otra, y mi tía Carmina otra más, y luego se las cambiaban, y así ocurrió que me fui asomando a un mundo muy bonito, falso como Judas, pero no menos falso es el cine, y a todos nos gusta. Yo miraba a aquellos monarcas con respeto. Al rey Olav de Noruega, por ejemplo, que era como el jefe gordo y mayor de todas las dinastías europeas. Y al Sha de Persia, y al rey de Etiopía, aquel enano Haile Selassie, y a la dulce y exótica reina Sirikit de Tailandia. Y a los dolientes reyes en el exilio como doña Geraldina de Albania, Humberto de Italia, o los oscuros herederos de Portugal. Porque eran tiempos en que los famosos de sangre corriente salían poco en las revistas. Sólo los indiscutibles: Onassis, Jacqueline, los otros navieros griegos, Niarchos y así, y siempre La Begum, que mi madre decía que era una señora muy elegante, y ahora reparo en que me estoy olvidando de los actores y actrices célebres, unas personas que también formaban parte del principado de la vida. A mi madre le gustaba Spencer Tracy y también mucho Catherine Hepburn, y a mí también, claro, yo estaba a sus órdenes y sugerencias, aunque mi preferida secreta del cine era Marisol en Un rayo de luz . Luego llegaba un día en que las revistas se iban de casa. Salían en pequeños paquetes que preparaba mi madre y viajaban lejos, detrás de unas montañas, a la Puna asturiana, a un territorio confuso entre Galicia y Oviedo, entre el Bierzo y el mar; unos montes verdes a veces muy boscosos, donde había pueblos con carreteras sin asfaltar, y casas muy pequeñas y oscuras, y unas señoras de negro que me llamaban Julito, porque yo siempre me llamé Julio César en el carnet de identidad, Julio como mi padre, y por eso me fui al César, para no ser Julio, cosas de afianzar la personalidad. Y era precisamente mi padre don Julio quien llevaba las revistas a la tierra rara, las repartía por las casas de los arcanos parientes que todavía quedaban en la quebrada. Mi padre, que era viajante, cumplía esos cometidos de solidaridad y alegría, y cuando, algún verano, volvía la familia a la tierra nutricia, descubríamos allí, en las casas míticas y pobres, revistas de cuatro o cinco años atrás, y me gustaba mucho ver de nuevo a Carolina de Mónaco, ahora más joven, y como más amiga, como si me estuviera esperando, y casi como si me quisiera más que cuando la conocí por Ponferrada, en el cuarto de estar que mi madre llamaba salita para diferenciarla de otra salita algo más aparente, a la que llamaba saloncito.