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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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EN estos días son muchos los cristianos que se preguntan qué está pasando a su alrededor. Observan el cambio drástico de algunos medios de comunicación con relación a la Iglesia y a la fe. Y se sienten perseguidos de forma virulenta y no justificada. Esa extrañeza ante las dificultades nos lleva a preguntarnos si habíamos olvidado el riesgo que siempre comporta la fe. Un buen cristiano sabe que su camino no puede ser un desfile triunfal. Es cierto que, a veces, tal persecución produce el efecto contrario. Una conocida periodista, que no se distingue por su fe, escribía hace poco que está harta del anticristianismo que rezuman muchas instituciones. A su parecer, es como si los ateos no pudieran vivir sin repetir y profanar el nombre de Dios. El presidente de un colegio de médicos de Aragón decía la semana pasada que no es muy practicante, pero que los vientos que corren le han hecho pensar que algo muy importante tendrán los creyentes cuando son tan acosados. Un hito y un misterio El evangelio de hoy responde a una situación muy parecida. Jesús había anunciado la proximidad de su pasión. Aquella perspectiva de fracaso y de muerte no resultaba atrayente para sus discípulos. ¡Todo lo contrario! Hasta Pedro reprendió a su Maestro por aceptar ese destino. Ante ese escándalo, Jesús proclama las condiciones para seguirle: negarse a sí mismo y tomar la cruz. A continuación, el relato evangélico incluye la escena de la transfiguración. En lo alto del monte, Jesús manifiesta su gloria y la voz del Padre pide a los discípulos que escuchen la voz de su Hijo amado (Mt 17, 1-9). El relato menciona los sentidos de la vista y el oído: los discípulos ven a Jesús y oyen al Padre. Hay un curioso juego de los sentimientos. Por una parte, los apóstoles se encuentran bien en aquel ambiente de luz y de paz. Por otra parte, se llenan de espanto al oír la voz divina. Al fin se menciona también el sentido del tacto. Jesús toca a sus discípulos para hacerles volver a la realidad que les asusta. La transfiguración es, en la cuaresma, un hito que nos orienta a la Pascua del Señor. Y en el curso de la vida, es un misterio de luz que nos revela la misión de Jesús y guía a los desorientados. Es interesante comprobar que durante la Transfiguración no se oye para nada la voz de Jesús. Sólo cuando la experiencia mística ha pasado se dejan oír sus palabras de aliento: - «Levantaos, no temáis». Ese mensaje se dirige a cada uno de los cristianos. Los de ahora y los de todos los tiempos. No deben vivir en el miedo. El proyecto de Dios no puede ser anulado por los planes de los poderosos de este mundo. - «Levantaos, no temáis». Esa exhortación ha de ser escuchada por la Iglesia. La comunidad de los que siguen a Jesucristo no puede apoyarse en las seguridades vanas que a veces le ofrecen quienes tratan de comprar su voz o su voto, su silencio y su apoyo. - «Levantaos, no temáis». Esas palabras devolverían la paz a toda la humanidad, por increyente que se manifieste. El mundo tiene más miedo del que se atreve a confesar. La mayor parte de sus temores ha sido engendrada por su egoísmo. Al temor sólo lo vence la generosidad. - Señor Jesús, tú conoces nuestra turbación y sus causas más profundas. Queremos escuchar tu voz y encontrar en ella las razones para la paz y la esperanza. Amén.

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