| Crónica | Juan Pablo II impone su voluntad |

La tozudez de un «siervo inútil»

La obstinación de Karol Wojtyla por seguir al frente de la Iglesia católica pese a su delicada salud se debe a su creencia de que el sacrificio es bueno para difundir el mensaje del Evangelio

Publicado por
Íñigo Domínguez - roma
León

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Lo primero que el Papa dijo ayer, viernes, esta vez por escrito en un nuevo grado de declive, es que sigue aceptando la voluntad divina y se mantiene en su puesto. Esta obstinación del pontífice por llegar «hasta el final», como repite cada vez que surgen dudas sobre su capacidad, tiene un origen meditado y elaborado. ¿Por qué no lo deja? Según sus biógrafos, la respuesta a esta pregunta tantas veces formulada se puede encontrar en la primavera de 1994. Aquel año marcó el inicio de sus problemas de salud más graves. En noviembre de 1993 Wojtyla tropezó en una audiencia y fue operado por una luxación en el hombro derecho. Luego, en abril, resbaló en el baño y se rompió el fémur. La operación para implantarle una prótesis de cadera no salió bien del todo y de ahí surgió la cojera del pontífice. Empezó a usar bastón y nunca más volvió a caminar con soltura. El Papa, montañero y deportista, no aceptó de buen grado su nueva condición. Asumir su progresiva incapacidad de movimientos le llevó un intenso proceso de reflexión. El 29 de mayo de 1994, cuando salió del hospital Gemelli agradeció en el ángelus «el don del sufrimiento». «He meditado, he pensado de nuevo en esto durante mi estancia en el hospital. El evangelio del sufrimiento He comprendido que no basta la oración para introducir a la Iglesia en el tercer milenio: hace falta introducirla con el sacrificio (...) Debe sufrir el Papa para que el mundo vea que hay un Evangelio superior, el del sufrimiento». Juan Pablo II incorporó su dolor a la base de su mensaje, junto a la idea de que es un elegido que cumple una misión de Dios, y ya no lo abandonaría. «Cada sufrimiento humano, cada dolor, cada enfermedad encierra una promesa de salvación», afirma como conclusión en las últimas páginas. En este sentido en el mismo capítulo se define como «un siervo inútil» en manos de Dios. La otra forma de verlo, desde fuera, es la que sintetizaba un prestigioso vaticanista, Giancarlo Zizola, que criticaba la «irrespon-sabilidad» de la Santa Sede en la gestión de la salud del Papa. Pero para encontrar el último episodio de la tozudez del Pontífice no hay que ir muy lejos. Al parecer, fue el propio Wojtyla el que tomó la decisión de abandonar el hospital, durante su primera convalecencia a causa de la gripe, antes de lo previsto. Los médicos, según fuentes vaticanas, estimaban conveniente que la estancia se prolongase unos días más, pero fue imposible convencerlo.

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