Diario de León
Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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NO ES LA PRIMERA vez que ocurre pero ahora el asunto adquiere caracteres alarmantes: un científico ha explicado la termodinámica del botijo según la cual sus cualidades resultan de la división de área engendrada por la altura del agua y el diámetro de su superficie más el volumen generado por la rotación del aire. ¿No se dan cuenta estos sabios que hay asuntos que deben hurtarse al conocimiento público? ¿No saben que hay cuestiones trascendentes acerca de las cuales importa mucho no dar un cuarto al pregonero porque el sigilo es fundamental? Está claro que estos tipos no han visto nunca ese botijo entrañable, con forma de cura antiguo, cura preconciliar, regordete y resuelto, que es tan frecuente en los botijos más acreditados. ¡La fórmula del enfriamiento del agua en los botijos! ¿Se ha visto alguna vez tamaña desfachatez? Estos imprudentes han puesto en el encerado de los periódicos que dv partido por dt es igual a K prima. Este, y no otro, es el secreto del botijo, han concluido, y se han quedado tan ufanos desvelando con ello uno de esos misterios de la vida que nos permiten seguir soñando porque nos hacen creer que no todo es real y vulgar sino que existe la magia, la encantación y el suave poder de los conjuros. Es decir, los arbotantes de una vida superior. ¡Y un cuerno! Hay que decirles. Ni nos merecemos tal crueldad ni desde luego la esperaba yo de unos investigadores bien pagados a los que suponía mayor ternura y mejores miramientos. Porque a mí me parece muy bien que existan estudiosos interesados en averiguar cuestiones intrincadas en laboratorios de gran sofisticación ayudados por los más extravagantes utensilios, también que haya profesores y sabios hábiles en el manejo del hiposulfato, el cromato, el permanganato y el bicarbonato. Ninguna de estas inclinaciones debe ser censurada; antes al contrario, merecen aplauso porque, en un descuido, hasta pueden resultar de provecho. Ahora bien: una cosa es entretenerse de esta inocente forma y otra bien distinta proclamar y airear el resultado de las investigaciones. Aquí es donde la sindéresis personal del científico debe imponerse porque cuando logra hallar una fórmula, cuando alcanza un descubrimiento relevante, es justamente cuando está obligado a echar mano de algo que no encontrará entre los sulfatos ni los ácidos pero que es básico en la humana condición: la prudencia. Es ella, es esta vieja y acreditada virtud cardinal, la que debe inspirarle en ese momento delicado en que sus esfuerzos le han colocado ante el éxito. Y es ayudado por ella, y por ella iluminado, como debe proceder a valorar cuál ha de ser su conducta ante los hallazgos que sus mezclas y pócimas le han proporcionado. La cordura debe ser aguja magnética de nuestro comportamiento porque sin ella el pacto social se vendría abajo llevándose por delante certezas de calculada enjundia. En el caso del botijo, la decisión debería haber sido clara: ocultar, sepultar la fórmula; que nadie la conozca, que nadie la intuya tan siquiera, porque el botijo, esa vasija feliz con su pitón mirífico, ese barro poroso y sencillo con que se viste como un signo de humildad, de cortés candor, el jovial extintor de nuestra sed, el botijo de nuestros veranos de moscas, esa entrañable nevera portátil anterior a las neveras y precursora de lo portátil, no merece en modo alguno que su íntimo enigma, el que estimula nuestra imaginación y nuestra fantasía, quede desvelado y expresado en una vulgar fórmula, apareciéndose ante nuestros ojos desnudo y descifrado: dv partido por dt es igual a K prima. Esta infamia no tiene nombre. Porque si permitimos que se haga esto con el botijo, iniciamos una permisividad que nos puede conducir a los más extravagantes dislates. Pensemos qué ocurriría si un día unos profesores nos desarman proporcionándonos la raíz cuadrada de la esperanza o la ecuación diferencial de la sorpresa o la regla de interés de la risa o el humor. Adiós, vida; adiós, emociones. Las fórmulas, para la sulfamida y el ácido ribonucleico. Al botijo, solo nuestro amor.

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