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DICE el subdirector del Musac que no le llamen conservador jefe, que prefiere chief curator. De mayor también quiere serlo el sobrino listo de Sinchi Piernas, que se despeina como un artista, chief curator , jefe conservador, toma ahí, pa cagarse en el nombrarse, chief, jefe, el puto jefe, pero dicho en inglés, que es como echarle más galones al rango y más galones de gasofa al depósito, así que prenuncia bien, gañán oriundo, chif quiureitor, como si trabajaras en el Barbican de Londres o fueras de Oklahoma, territorio chiricahua de grandes jefes y un chamán, vivan los toros sentados en despacho o en business class de aerojet volando a los brasiles de la contemporaneidad para palparle el sexo a la abstracción, viva el gran jefe sentado junto a la gran cascada, o sea, cascada, gran chif quiureitor, qué molón, cuán grande palabro, chief curator , ostión limpio a la lengua castellana que le acuna y a la junta castellana que le nombra y le paga para enseñarnos inglés, follow me, follaw me, follaje por doquier... ay, virgen de los esparabanes, qué polvo tiene el camino, qué polvo la carretera... Lo de jefe curador suena por aquí como encargado de industria chacinera para aventar cecinas y perniles en su curación, así que un ibérico que se diga chief curator o es tonto del ojal o se ha matriculado en ello. Esto del chief lo dice en un reportaje en una de esas revistas que son sólo catálogo de trapos de lujo y braguitas de blonda, la misma que hizo fasmosas en el cosmos de la moda a Maria Teresa Fernández de la Vogue y a otras chicas de la Zapatería Prodigiosa, el mismo reportaje donde el director del museo afirma que «esto era un proyecto 100% personal e implicaba mi trabajo y el de muchos que pudiesen dialogar con lo que planteaba». Osti, tú, ¿un proyecto estrictamente personal con dineros estrictamente públicos? Que venga el exégeta de la Junta y ensaye una explicación, porque aquí hay una hilera de tíos (y tías) asegurando tener proyectos cien por cien personalísimos y exigen un mirlo blanco que les atice treinta y tres millonazos de euros para el chabolo, una soldada al bies que les instale y mil millones de leandras para ir de compras a las boutiques más exóticas y lejanas de la extravagancia plástica para que las obras «dialoguen» y haya «multitud de discursos». Sobra pólvora del rey, a lo visto.

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