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NO afloja su maldición el refrán borde que, por ser año de Pascuas marciales, anuncia y retaca el calendario de pestes y calamidades. Pasó marzo y en su repaso navega eufórica la profecía. Su rastro de efemérides catastróficas está a la vista. A las lluvias torrenciales e inundaciones del lejano oriente que arrasaron la poca esperanza que les va quedando a los pobres se sumó otro terremoto que devastó islas de Sumatra convirtiéndolas en tumbas de cascote y casa mísera que ahora se alzan del suelo una cuarta y media como lápidas rotas que sepultan a miles de infelices. En Ruanda y la mitad africana la peste del sida persiste en su aniquilación de dos tercios de la población y ha enganchado los cuatro caballos de los jinetes del Apocalipsis a un mismo carro que corre con guadañas extendidas para segar todo lo que encuentran en su corredor, mientras alguien sigue recordando que es más decente morir así que fornicar con profiláctico, preservativo o maldito condón (hay sidas cerebrales, pero todavía no los acepta como epidemia la Organización Mundial de la Salud). Otros científicos anuncian a su vez una inusitada actividad volcánica latente que amaga reventar como forúnculos de fuego escupido en varios puntos del planeta. Y anuncian también que será este verano el más caluroso en la historia de la humanidad (jodó con el refrán). Los profetas del fuego y de la sed deberían ser retirados a casas de observación y rezo como se hacía con las putas en tiempos de Cuaresma, según relata Quevedo. En los palacios del cuento monegasto y del adulterio británico dicen que también la calamidad está besando sus mármoles y manda a un príncipe a la tumba y a otro al matrimonio, que también es fosa. ¿Calamidad esto? La aristocrácia sí es calamidad, pero no se consigna. Y llegaron también en marzo los finales del Papa, estampa rebozada en pena que alivió la muerte de abril, mes que trae otro invierno para helar flores y esquilmar frutos. «Pascuas marciales, peste y calamidades»... Repasando en alto estos desastres, alguien al lado me replicó del mismo modo que aquel sindicalista en paro que aguardaba turno en la peluquería mientras un cliente con el periódico en la mano daba cuenta de la cantidad de ofertas de trabajo que allí figuraban; y le dijo «lee patí, joputa».

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