Diario de León
Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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UN EXPERTO que está redactando la reforma de la función pública española ha dicho que una de las novedades que pretende introducir es la de que los tribunales que juzgan los concursos y las oposiciones e hallen integrados por personas conocedoras, por profesión o titulación, de las cuestiones acerca de as cuales vaya a ser examinado el candidato. Dicho de otra forma, que un jardinero no seleccione a los ginecólogos ni un farmacéutico a los magistrados. ¿Es que ahora esta regla no se cumple? preguntará acaso un cándido lector. Parece ser que no, si hemos de creer al sabio que trata de enmendar los yerros actuales que se cometen en la selección de funcionarios. Priman en ocasiones, según su diagnóstico, «intereses personales, políticos o sindicales» y son estos los que deben ser desterrados si queremos tener unos servidores públicos plenamente capacitados. Es decir, el jardinero citado debe distinguir al botánico del botarate y el notario al poderdante del mangante. De ahí la importancia del saber y, por contra, la perturbación que causa el querer. Porque aquí, querido lector, está el busilis de la cuestión. ¿Qué es preferible: que un funcionario sepa su oficio o que sea querido por quien le selecciona? ¿Prima el saber o prima el querer? En esta disyuntiva se centra el debate. Ya hemos visto que, desde las alturas de los reformadores de la administración, se piensa que debe anteponerse el conocimiento al sentimiento. Yo adelanto mi conclusión: a mi juicio deben primar los quereres. Si es preciso buscar a un veterinario para un pueblo ¿qué mejor que hacerlo entre los parientes? Veterinarios hay muchos pero parientes entrañables cada vez menos, especialmente desde la reforma del derecho de familia. ¿Podemos prescindir de ellos? Me parece que no. Los pasos adecuados deben ser los siguientes: nosotros ponemos al primo al frente de la oficina y ya él, estimulado por nuestra prueba de confianza, se encargará de estudiar. Sin embargo, el sistema que pretende instaurarse camina en la dirección contraria: primero usted, señor veterinario, entérese de las enfermedades del ganado de la zona y luego nos lo cuenta en un examen a cara de perro, que es como deben de examinarse los veterinarios por la cosa de la solidaridad zoológica. Pues no señor: según mi humilde entender, primero le selecciono por ser mi cuñado y después ya tendrá tiempo de enterarse de las pejiguerías del oficio. Que son muchas y, lo que es peor, cambiantes. Si esto defendemos de los allegados ¿qué no diremos de los cercanos por convicciones políticas, sindicales o ideológicas? Con mucha mayor razón debe sostenerse la primacía de estos lazos entrañables sobre los del saber de memoria unas lecciones. El primo o el cuñado todavía tienen la ventaja de vivir a resguardo, en el seno de las muy sólidas complicidades familiares, pero adviértase el desamparo en que dejamos a un compañero de partido o de sindicato si le negamos un puesto de trabajo en un juzgado por el simple hecho de no saber distinguir una demanda de una cuchipanda. Ese hombre quedará a merced de los vientos y es bien probable que se entregue a las peores barrasadas y aun que abandone las prácticas religiosas más elementales. Por eso digo una y mil veces no. Si el humano propende a saltarse a la torera las exigencias del mérito, los conocimientos y el escalafón es por ternura, porque su natural bondadoso le lleva a distinguir el grano de la paja, porque es un ser que usa su amor al prójimo como un ubérrimo talonario de cheques. Que el cheque lo libre contra una cuenta ajena -la de los presupuestos del Estado- es lo de menos porque lo que vale es el gesto, la ternura. «Colócanos» le decían a Romanones sus deudos de Guadalajara no bien constituía gobierno. Y el conde los colocaba. ¿Un cacique este prohombre? Más bien alguien con los afectos a flor de piel, abandonado en los brazos de la filantropía. Y es que las personas honradas preferimos los sentimientos a los merecimientos.

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