Diario de León
Pedro García Trapiello

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SE DICE que no hay contentación más escandalosa e inútil que la de un tonto con un lápiz o la de un mono con una linterna. Puede ser este caso. Echaron estos días chorrones de luz a los monumentos de la ciudad para festejar un congreso internacional de chispas y alumbradores. Se tiñó el Consistorio de fucsia, de amarillo chillón la peineta de San Marcos, de colorines el auditorio, de color envidia la fuente de palangana que hay en Santo Domingo, y así, por ahí iban los tiros arreados con cañón de muchos watios, performance monumental que consistió en ver qué efecto causa el trasvestir con magentas o verdes-lagarto la piedra gótica, mira tú qué novedad tan novedosa. A las ciudades las iluminan últimamente de forma rara. Se propende a la ostentación y a los colores propios de un infantilismo plástico. Nos gustan las bombillinas multiplicadas, el alarde. Se gasta luz en intentar moderneces copiadas y en parecer ricos. Dale foco. Que se me vea el chabolo. ¿Será por dinero?... Se entiende. Somos hijos de la escasez lumínica, nietos de sólo una bombilla de cuarenta bujías en cada habitación, así que el cuerpo pide ser horteras y rumbosos hasta plagar todo de farolas victorianas para que parezcan choperas de estorbo en las calles que dicen peatonales. Y ahora viene esta moda ya gagá y repetida de echarle luminoso colorín aberrante a munumentos, eventos y esperpentos... ah, oh, jo, mira, qué guapo. Lo que me cuesta entender son esos coloretes de luz con que manchan catedrales o plazas. Suelen ser colores primitivos, chillones y exagerados. Me he preguntado muchas veces por qué gustan tanto estos colores tan al gusto de hoy, por qué se imponen en todo, desde la carrocería de un buga a una camisa. Creo haber averiguado la razón: a los que hoy cocinan en el diseño imponiéndonos el dictado de sus gustos con morados, naranjas, malvas, rositas de fiesta gay y latigazos fosforescentes, les regalaron sin duda de pequeños uno de aquellos patitos o pollitos que vendían teñidos precisamente de esos colores. Subliman ahora su trauma infantil. Quedaron algo tarados para el gusto y por la perra vida de aquellos pobres bichos que sin duda fue breve con final trágico. Lo que no me explico es por qué no van al psiquiatra y dejan de descargar en nosotros sus neurosis. Ya es manía.

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