CRÉMER CONTRA CRÉMER
Día internacional de la libertad de expresión
Y ME RECLUYO EN MÍ MISMO, por no ir más lejos, y me pregunto: ¿Existe la tal libertad de expresión realmente? La respuesta es desoladora. Porque, al cabo de algún tiempo de meditación, llego a la conclusión de que el tal atributo de la condición humana, no existe. Porque la libertad no se otorga, no se concede, no se nace libre, sino por el contrario, la libertad, sea aquella que garantiza la expresión, como la que autoriza creer o no creer, se hace con el tiempo, con la experiencia, con el conocimiento adquirido, con la circunstancia, que diría Ortega. Pienso, luego existo. Existo, luego soy libre. Porque sin libertad total el ser humano no es sino un ser sometido a todos los dictados. No hay libertad que valga si no se nos da la libertad económica. Y ésta, señoras y señores, aparece cada vez más alejada de nuestros milagros. Basta para comprobar esta situación precaria en la cual estamos condenados a vivir, con seguir la estela que dejan los navegantes de la palabra o del pensamiento cuando al fin y en un alarde de sinceridad intentan descubrir las cartas del juego: Ni la prensa, ni el libro, ni la palabra, son libres en esta sociedad poblada de seres dependientes. No porque el hombre sea un animal doméstico por su propia naturaleza, disciplinado y dócil a machamartillo, sino sencillamente porque el entramado social que hemos tejido a lo largo de los siglos nos ha proporcionado los resultados que estamos padeciendo: No podemos ser libres, porque no somos libres económicamente, porque socialmente dependemos de estructuras establecidas y sostenidas para el mantenimiento de una sociedad consumista, tiranista y clasista, diga lo que quieran aquellos empeñados en borrar de las tablas de la ley precisamente tantas como nos obligan. El hombre es un animal no para la muerte, que diría el filósofo, sino para la libertad. Lo que sucede es que como esta apetencia universal tropieza con obstáculos insalvables, nos conformamos con vivir, «como buenamente se pueda», es decir con aquella porción ínfima de libertad que se nos permite, que se nos concede como una limosna. De ahí, inevitablemente aquella feroz conclusión de Lenin, cuando le preguntan, como se nos hace en el Día Internacional de la Libertad de Expresión: «Libertad ¿para qué?». El amor os hará libres, aseguran los románticos; el trabajo responsable es una expresión de libertad humana; por la oración al reino libre de los cielos. Libertad, libertad, libertad. Y ya a estas alturas de la civilización ya casi nadie cree de verdad en la libertad. Quizá porque conscientemente hemos concluido por admitir que la libertad no existe. Quizá porque las fuerzas empeñadas en manejar la libertad de los demás, creyendo que la libertad del dinero puede ser el resumen triunfal de la libertad, como un instrumento de dominio. La libertad tal vez no sea más que el impulso íntimo del ser humano por liberarse de sí mismo, un sueño acaso. O una utopía. Las leyes, dicen los legisladores, garantizan la libertad de los ciudadanos. Pero ¿qué libertad? ¿Son libres acaso los legisladores? Halldor K. Lexness, Premio Nobel de Literatura en 1955, dejó escrito para lección de vida: «Las leyes penales están hechas para proteger a los criminales y castigar a aquellos que son demasiado inocentes como para comprender la sociedad y creer en la posibilidad de libertad en la tierra».