CORNADA DE LOBO
Más cerezas
LA LUJURIA frutera de derechas se representa con una cesta de cerezas y la de izquierdas con un platito de moras. No sé por qué. Quizá porque las cerezas engordan en huerto privado o vigilado y las moras son de la orilla del camino y son de todos. Aunque ahora resulta que a los unos y a los otros les chiflan las cerezas y, sobre todo, esas moras que permiten ponerse morados, que es el color de los billetes de quinientos castañazos. Antes sólo había cerezas en tiempo de cerezas. Ahora llegan de Chile o de Sudáfrica en enero o en tiempo de avellanas. Se rompe el mito, se vulgariza el sabor y se pierde el norte de las estaciones, el sentido del calendario. Las cerezas, no te engañes, son para los junios. Por eso antes, por comer pocas, eran las cerezas una fiesta, la corta fiesta de junio, la algarabía de los críos, las cerezas de dos en dos colgadas de las orejas como pendientes para estrenar las vacaciones mientras los chirridos de los vencejos confirman que es verano con sus vuelos de flecha que dobla las esquinas. Pero nada como comer las cerezas en su árbol. El otro día volvimos a comerlas así porque Pradiña a tope nos las brindó subiéndose a la horqueta alta de uno de sus cerezos tardíos sin temor a escalabrarse porque está hecho un chaval que ahora vuelve a retoñar con Flor. Antes era una aventura el saltar la tapia de la huerta de los agustinos -a riesgo de un escopetazo de sal, que era la artillería de aquel hortelano agriado que tenían- y catar a toda prisa las dos variedades que allí ofrecían su prodigio: unas, garrafales y gordas como pecados gordos; y otras, tipo picota, pero algo ruines de color, de talla y sabrosura, pues parecían madera de roble con savia azucarada; pero de críos nos sabían a gloria hasta los pepinos crudos que les guindábamos. Eso sí, las guindas nunca eran objetivo de los críos; agriaban, acidulaban. A la Virgen del Camino, que cumple hoy sus primeros quinientos años, tendrían que llevarle a su santuario esta mañana un cestillo de cerezas; de todas las cerezas leonesas: napoleonas de Cacabelos, gordales de Fresno, bravas y menudas de la collada de Valdeteja, gigosas de Sajambre... Son la primera fruta de estas tierras, prólogo que confirma el verano, primicia. Las vírgenes de por aquí no comen naranjas, como en los villancicos. Piden cerezas.